Es momento de sostenerte en tu palabra: ¡conversa!

Durante el tiempo que estuve casada se me hacía difícil iniciar conversaciones difíciles. Nada más de pensarlo vivía angustiada previo a hacerlo. Aun entre desconocidos, si otra persona comenzaba, yo escuchaba atentamente lo que tuviera que decir y decía que sí a lo que fuera para no prolongar la confrontación. Un día en mi trabajo alguien preguntó si se podía hacer “x” cosa. Yo contesté impulsivamente que sí. En privado, me llamaron la atención, porque para hacer “x” era mejor hacer “y” primero.  Yo contesté “tienes razón”, para no prolongar la confrontación ni el regaño.

¿Les dije que me incomodan las conversaciones difíciles?

Para descubrir si era posible cambiar ese disco rayado de dificultad a confrontar, decidí estudiar. Desde cómo conversar hasta cómo escuchar y todo lo que hubiera en medio. A ver si podía moverme de ese espacio de incomodidad. En el camino descubrí que nadie nace amando las conversaciones difíciles. ¡Empezamos mudas de palabras! No somos como los potrillos o los cachorros que apenas nacen relinchan o ladran y en minutos caminan y casi, casi se independizan de sus madres. No. Los humanos y humanas somos dependientes, lloronas y aportadoras de desperdicios. No es hasta que empezamos a imitar a los adultos que comenzamos a utilizar palabras. Si a los adultos se les dificulta conversar o si les resulta fácil manipular o engañar, a los menores les resultará fácil imitar lo que ven y experimentan.

¿Qué encontré para mí? Descubrí que puedo utilizar el método de la contrariedad. Primero acepto que estoy en una conversación difícil, que no quiero tenerla, que no quiero confrontar, que no deseo emitir palabras. Segundo, reconozco que debo hacer algo contario a mi zona de comodidad (que es la de evadir confrontaciones). Tercero, lo hago. En este caso me quedo a enfrentar lo que antes temía.

Y este método tampoco es fácil. Recientemente tuve una conversación con un cliente. Hice una sugerencia y le invité a ponerle fecha a uno de sus proyectos. Me miró como si yo fuera una extraña y se quejó: ¿por qué traes ese tema? Tomó mi sugerencia como algo negativo, como algo que yo no debí traer a la conversación, a pesar de que era parte de lo que habíamos delineado como el trabajo que deseaba realizar dentro de un intervalo específico de tiempo. Le apreté un botón y él a mí; nos estábamos estirando fuera de nuestras zonas de evasión. Yo tardé en reaccionar, pues mi primera respuesta fue darle la razón, sí sí sí… Hasta que practiqué el método de la contrariedad y recordé que tenía que salir de mi zona de evasión, especialmente porque es un cliente que cuenta conmigo para subir de nivel en su vida profesional. Lo interrumpí y con preguntas lo llevé a recordar el momento en que delineamos nuestra colaboración. Su mirada de arrepentimiento me lo dijo todo. Yo no le recriminé, pero silenciosamente le di las gracias por darme la oportunidad de pararme en el poder de mis palabras. Retomamos mi sugerencia y le pusimos fecha a su proyecto que llevaba mucho tiempo en la fase de “pensamiento” y no pasaba a la acción.

Para mí era ideal evadir conversaciones difíciles. Todavía, aunque sé los beneficios de enfrentar, prefiero ponderar y pensar y quedarme ahí. Pero no necesariamente es una zona cómoda libre de sufrimiento. Es una zona incómoda a la que me he acostumbrado. Por eso el método de la contrariedad es uno que proviene de la consciencia que desea transformar y no del ego que desea alimentar el miedo y requiere más labor. El ego y la mente buscan siempre el camino de menor esfuerzo. Poco a poco, continuaré con el método hasta lograr conversar en ecuanimidad y amor, hasta hacerlo sin pensar.

¡Detesto el conflicto y quiero evitarlo! 3 pasos para comenzar una conversación difícil.

¿Has tenido alguna vez un amigo que te dice que quiere paz en su vida, pero es perseguido por conversaciones dramáticas y conflictivas? He estado parada en esa premisa. Y es que el conflicto forma parte de mi vida aunque no quiera. Todo aquello que provoque una sensación de desagrado en mí, es una situación conflictiva. Ahí comienza el conflicto, en mi interior. Si el conflicto es tan constante, ¿podré resolverlo a través de una mejor comunicación?

Recuerdo en mi infancia que mis padres no discutían frente a mí. Lo que me llevó a concluir, estupendamente, que la gente no tenía disputas ni problemas dentro de sus casas. Aunque yo sí era protestona en mi mente cuando mi mamá me llamaba la atención o mi papá me regañaba, mi expresión comunicativa era silenciosa. ¿Para qué protestar abiertamente si yo quería evitar el conflicto?

Esa carga de “llevar la fiesta en paz” la arrastré durante mi juventud, pero dónde llegó a su punto más grave fue en mi matrimonio y en mi vida profesional. En nuestras diferencias matrimoniales, él ventilaba lo que necesitaba y yo no interrumpía oportuna ni convincentemente. En mi trabajo, yo evadía las conversaciones difíciles hasta que no podía más y los resultados eran poco eficientes. Al final, mis acciones (o inacciones) me provocaban infelicidad y ansiedad en todos los aspectos de mi vida.  

Todo ese silencio me llevó a desarrollar una condición de salud que me hizo analizar si ésta era una manera auténtica de vivir. Cuestionaba una y otra vez si sería posible ver mi conflicto interno y resolverlo. Si sería posible comunicarme de una manera honesta para reconocer lo que tuviera que expresar oportunamente y no dejar mi comunicación para nunca.

Tanto análisis me apoyó a alterar mi estilo de comunicación. Como no me gusta gritar ni que me griten desarrollé un método sencillo para comenzar esas conversaciones difíciles que tanto me agobiaban.

1. Escuchar con atención a quien habla frente a mí. Y no es tan fácil como parece. Muchas veces estaba pensando en aquello que iba a contestar y no prestaba la atención necesaria para escuchar lo que la persona expresaba. Otras veces, si lo que la persona decía no me gustaba, me desconectaba. Pero estas actitudes tenían como resultado que no entendía lo que la persona decía (ni me interesara en entenderla). Ahora, al comenzar una conversación me dedico a escuchar activamente a la otra persona para comprender lo que desea comunicar.

2. Preguntar y parafrasear para asegurarme de entender lo que escuché. Hace unos años cuando trabajaba en una agencia de gobierno el jefe de la agencia me indicó que él no había dicho ni hecho las cosas que yo había escrito en un informe que preparé por una situación ocurrida en el área que yo supervisaba. En un momento en que él guardó silencio, yo le pregunté si me estaba diciendo que yo mentía. No quise presumir que eso era lo que expresaba y lo interrumpí para salir de la duda. Si me hubiera callado en ese momento me hubiera quedado con la impresión ansiosa de que en efecto me decía que mentía.

3. Evaluar mi modo de comunicar en una conversación y hacer lo contrario. Por muchos años la manera en que operaba era callando mis deseos y opiniones para no alterar a las otras personas, para que hubiera tranquilidad en la conversación. Pero eso no traía paz a mi vida, porque después estaba pensando en las cosas que podía haber dicho y no dije. Cuando comprendí lo infeliz que me hacía mi modo de silencio, decidí conscientemente actuar de la manera contraria. En el ejemplo anterior, luego de preguntar comencé a expresarle a mi jefe lo que pensaba de sus acusaciones indirectas. Atreverme a hablar en ese momento fue una acción contraria a lo que estuve haciendo por años. Aunque no fue una conversación en la que se resolvió todo con un final feliz para los involucrados, logré mi cometido. Expresé oportunamente lo que quería decir y experimenté la paz que ansiaba.

Las conversaciones difíciles son quizás las que menos deseamos, pero ocurren en nuestra vida profesional y personal en igual medida. Si nos preparamos para afrontarlas tendremos mejores resultados y quizás encontremos la paz que anhelamos. Te invito a que comiences una conversación difícil para que descubras una nueva manera de relacionarte con tus conflictos.