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¿Qué hago si el miedo se acomodó a mi lado?

Cuentan de un sabio que una noche, mientras meditaba, vio cómo se acercaba el fantasma de la Varicela a su aldea. Alarmado, le pidió al fantasma que se alejara. El sabio le rezaba a su Dios y no era justo que los aldeanos murieran por causa de la varicela. El fantasma negoció: tengo que llevarme a tres de ellos para cumplir con mi trabajo. El sabio, resignado, aceptó. Los primeros días murieron tres personas. A la semana murieron cinco más y cada día seguían muriendo hasta que los pocos que quedaron vivos salieron corriendo de la aldea y desaparecieron. El sabio meditó profundamente e invocó al fantasma para recriminarle. -Me engañaste,- le dijo cuando apareció. El fantasma, ofendido, le contestó: -¡Yo cumplí mi palabra! Solo me llevé a tres. Los demás se murieron de miedo.-  

Anoche encontré esta historia y me pregunté:

  • ¿Cuántas veces he muerto de miedo en mi vida?
  • Procrastinar, ¿me apoya a vivir una vida más plena? ¿O me hace morir de miedo un poco cada vez?
  • ¿Estoy dispuesta a vivir con miedo y a hacer las paces con él?

Reflexioné durante la noche que mientras permito que el miedo dicte mis acciones, siento que no aprovecho mi vida. Y vida desaprovechada es muerte.

Cada vez que evado ser honesta con misma, por miedo, es una oportunidad perdida a vivir desde un lugar de integridad y es difícil encontrar paz en esa evasión.

Postergar rima con matar y eso es lo que hago cada vez que dejo para después acciones dirigidas a atraer mis sueños a la dimensión de este planeta.

El miedo no se fue porque haya reflexionado en él y sus efectos en mí. Ahora sentada lo siento acomodadito a mi izquierda. Me pregunto si debo convivir con él o si debo invitarlo, suavemente, a que se separe un poco de mí mientras yo inyecto vida a mi existencia y a mis sueños…

“¿Qué necesito?”

Hace unos días tuve una sesión con una coach de meditación que me dejó patidifusa. Luego de llevar 20 minutos conversando, me preguntó que cuáles eran mis necesidades. Pregunta sencilla. Me detuve y pensé sobre lo que considero mis necesidades y mi diálogo interno respondió “no necesitas nada”. Pero mi cuerpo se rebeló ante la lenta comprensión de que sí deseo y necesito, más allá del consabido “quiero ser feliz’. No pude contestarle a Sarah.

Todo comenzó con mi deseo de ser una mejor comunicadora. Hablar no es cuestión de abrir la boca y ser “auténtica” diciendo todo lo que se me viene a la mente, porque soy así, “honesta y sincera” siempre. Eso demuestra no tener sentido de empatía hacia otros y no me funciona. Mi opinión de los demás tiene que ver conmigo. Comunicar requiere comprensión interna, locuacidad propia, mirar con el corazón primero. Requiere escuchar, intimar, meditar. Procesar y reflexionar. Requiere voluntad. Puede ser por unos segundos o por toda una vida. Requiere decidir comunicar lo importante, como tus deseos y necesidades.

Comunicar va más allá de hablar. Requiere entender para hacerme entender. Sí, ya sé que cada cual interpreta como desea y como está alambrado; pero podemos lograr entendimiento mutuo si observamos el individual. Entenderme, internamente, es el comienzo para conectar, que es lo que deseamos al final: establecer una conexión efectiva con quienes nos relacionamos. ¿Cómo comunicas? ¿Para qué comunicas? ¿Deseas expresar lo que sientes o manipular a otros? ¿Persuadir o engañar? ¿Conoces el propósito de lo que comunicas? La contestación a estas preguntas es para ti, la honestidad aquí es interna. Es fácil mentir a otros; quizás necesario en algunos casos. Sin embargo, tener integridad personal al momento de contestar cualquiera de esas preguntas requiere interrumpir los pensamientos desbocados y las creencias limitantes ubicadas en tu mente. Reconocer lo que procesa tu interior y luego expresarlo de manera efectiva y entendible (si es necesario comunicarlo) es un asunto individual y podemos aprenderlo. Hacerlo es beneficioso para el resto de la humanidad.

Protestar con honestidad

Dos sugerencias para aprender a protestar

Buscaba una tela llamativa para hacer unos cojines. A casa llegó un sofá hermoso en piel, de color neutral y le hacía falta vida. En la tienda encontré una tela en el color que buscaba. Pedí la cantidad que deseaba. Me fui a la caja a pagar. Cuando vi el total me sorprendí. El cálculo en mi mente era menor, pero no protesté en voz alta. Cuando la cajera me cobró me fui a donde había visto el precio de la tela y en efecto era menos que lo que me habían cobrado. La empleada me preguntó: ¿Pero por qué no protestaste antes de que te cobrara? Yo le contesté: La historia de mi vida.

¿Cuántas veces callas porque no quieres molestar?, ¿o por querer lucir bien? En la situación de la tela, admito que no quería parecer tacaña. ¿Yo? ¿Regatear por un precio? ¡Jamás! Pero si me hubiera ido de la tienda sin verificar ni protestar, hubiera llegado a casa infeliz y frustrada.

Soy partidaria del silencio y la pausa en las conversaciones, pero comunicar no se compone solo de silencios. Es necesario compaginar esas pausas con palabras pensadas, que construyan un mensaje oportuno. Claro, hay veces que hay que ser más oportuna para evitar que te cobren de más. Pero más importante es hablar aunque sea un poco a destiempo.

En los últimos años dos ejercicios me apoyan a encontrar las palabras apropiadas:

Primero: reconocer e interrumpir. Esto implica detenerme a mirar el momento y lo que me incomoda. Reconocer que, aunque me avergüence, es más importante salir de la duda (como en el caso del precio de la tela). Reconocer que no quería llegar a casa sin haber hecho las preguntas necesarias. Reconocer que callarme resulta en problemas que se pueden resolver hablando claro. Reconocer que no me gusta protestar, pero que a veces es necesario hacerlo para lograr un mejor entendimiento de lo que soy capaz de hacer.

Segundo: atreverme. Que no es tan fácil y tampoco es la primera vez que lo digo, pero amerita repetición. Según el Diccionario de la Real Academia Española el verbo ‘atrever’ significa determinarse a algún hecho o dicho arriesgado; insolentarse, faltar al respeto debido. Lo que me llevó a preguntarme ¿por qué debo respetar mi silencio cuando me avergüenza o cuando me empuja a tomar malas decisiones? Este paso conlleva atreverme a lucir mal y a protestar; a faltarle el respeto a mi vergüenza por “el qué dirán”. Al final atreverme me lleva a sentirme en paz por haber tomado la decisión correcta.

Es necesario utilizar el método para que funcione. Ayer desayuné con un amigo. La mesera me ofreció dos mimosas por el precio de una. Dije sí y me tomé una al inicio y dejé la segunda para el cierre. Cuando nos trajeron la cuenta, ni la miramos. No tuvimos un momento de interrupción. Pagamos y nos fuimos. Hace unos minutos revisé el recibo. En vez de una mimosa, nos cobraron dos. Si tan solo hubiera usado el método, me hubiera ahorrado el precio de una mimosa y hubiera obtenido la paz que me da protestar a tiempo.

¡Detesto el conflicto y quiero evitarlo! 3 pasos para comenzar una conversación difícil.

¿Has tenido alguna vez un amigo que te dice que quiere paz en su vida, pero es perseguido por conversaciones dramáticas y conflictivas? He estado parada en esa premisa. Y es que el conflicto forma parte de mi vida aunque no quiera. Todo aquello que provoque una sensación de desagrado en mí, es una situación conflictiva. Ahí comienza el conflicto, en mi interior. Si el conflicto es tan constante, ¿podré resolverlo a través de una mejor comunicación?

Recuerdo en mi infancia que mis padres no discutían frente a mí. Lo que me llevó a concluir, estupendamente, que la gente no tenía disputas ni problemas dentro de sus casas. Aunque yo sí era protestona en mi mente cuando mi mamá me llamaba la atención o mi papá me regañaba, mi expresión comunicativa era silenciosa. ¿Para qué protestar abiertamente si yo quería evitar el conflicto?

Esa carga de “llevar la fiesta en paz” la arrastré durante mi juventud, pero dónde llegó a su punto más grave fue en mi matrimonio y en mi vida profesional. En nuestras diferencias matrimoniales, él ventilaba lo que necesitaba y yo no interrumpía oportuna ni convincentemente. En mi trabajo, yo evadía las conversaciones difíciles hasta que no podía más y los resultados eran poco eficientes. Al final, mis acciones (o inacciones) me provocaban infelicidad y ansiedad en todos los aspectos de mi vida.  

Todo ese silencio me llevó a desarrollar una condición de salud que me hizo analizar si ésta era una manera auténtica de vivir. Cuestionaba una y otra vez si sería posible ver mi conflicto interno y resolverlo. Si sería posible comunicarme de una manera honesta para reconocer lo que tuviera que expresar oportunamente y no dejar mi comunicación para nunca.

Tanto análisis me apoyó a alterar mi estilo de comunicación. Como no me gusta gritar ni que me griten desarrollé un método sencillo para comenzar esas conversaciones difíciles que tanto me agobiaban.

1. Escuchar con atención a quien habla frente a mí. Y no es tan fácil como parece. Muchas veces estaba pensando en aquello que iba a contestar y no prestaba la atención necesaria para escuchar lo que la persona expresaba. Otras veces, si lo que la persona decía no me gustaba, me desconectaba. Pero estas actitudes tenían como resultado que no entendía lo que la persona decía (ni me interesara en entenderla). Ahora, al comenzar una conversación me dedico a escuchar activamente a la otra persona para comprender lo que desea comunicar.

2. Preguntar y parafrasear para asegurarme de entender lo que escuché. Hace unos años cuando trabajaba en una agencia de gobierno el jefe de la agencia me indicó que él no había dicho ni hecho las cosas que yo había escrito en un informe que preparé por una situación ocurrida en el área que yo supervisaba. En un momento en que él guardó silencio, yo le pregunté si me estaba diciendo que yo mentía. No quise presumir que eso era lo que expresaba y lo interrumpí para salir de la duda. Si me hubiera callado en ese momento me hubiera quedado con la impresión ansiosa de que en efecto me decía que mentía.

3. Evaluar mi modo de comunicar en una conversación y hacer lo contrario. Por muchos años la manera en que operaba era callando mis deseos y opiniones para no alterar a las otras personas, para que hubiera tranquilidad en la conversación. Pero eso no traía paz a mi vida, porque después estaba pensando en las cosas que podía haber dicho y no dije. Cuando comprendí lo infeliz que me hacía mi modo de silencio, decidí conscientemente actuar de la manera contraria. En el ejemplo anterior, luego de preguntar comencé a expresarle a mi jefe lo que pensaba de sus acusaciones indirectas. Atreverme a hablar en ese momento fue una acción contraria a lo que estuve haciendo por años. Aunque no fue una conversación en la que se resolvió todo con un final feliz para los involucrados, logré mi cometido. Expresé oportunamente lo que quería decir y experimenté la paz que ansiaba.

Las conversaciones difíciles son quizás las que menos deseamos, pero ocurren en nuestra vida profesional y personal en igual medida. Si nos preparamos para afrontarlas tendremos mejores resultados y quizás encontremos la paz que anhelamos. Te invito a que comiences una conversación difícil para que descubras una nueva manera de relacionarte con tus conflictos.

¡No me comprenden cuando hablo!

¿Alguna vez has dicho algo claramente solo para darte cuenta de que tu oyente entendió otra cosa? Eso me ha pasado varias veces, por no decir la mayoría del tiempo. Pero en estos días de Mercurio retrógrado me ha sucedido más (y lo que falta: hasta el 20 de febrero). Estas oportunidades me sirven para analizar qué estoy comunicando y cómo, para tomar medidas cautelares que beneficien al receptor de mi mensaje. Estas oportunidades me permiten interrumpir mis comunicaciones desbocadas y permanecer en presencia para detenerme antes de hablar. Estas oportunidades son ideales para analizar mi estilo de comunicación y comprender si es posible mejorarlo.

Nuestro sistema de comunicación es el más complejo de todas las demás especies que podemos encontrarnos en el camino. Comunicamos con la palabra, con el cuerpo y con lo que hacemos. Generamos una cantidad de información diaria por persona, por grupos y por comunidades que es difícil para cualquiera sortear tantas letras y sus combinaciones para poder comprenderlas. (Por eso la invención de inteligencia artificial ha venido a apoyar con el manejo de información – entre otras cosas). Bastará una visita a una biblioteca o una librería (si recuerdan la vida antes de Google) para tener un atisbo de lo que puede ser una acumulación de información organizada. Para ejemplos de acumulación desorganizada, basta mirar mis libreros con numerosos libros y folletos y libretas y qué sé yo cuántas cosas más.

Podría pensar que con tanta información disponible al estirar la mano, mi dominio al comunicar sería impecable. Pero los ejemplos que di al inicio de este escrito son prueba de que lo que pienso y los resultados son dos cosas diferentes. Es frustrante tener este tipo de habilidad para hablar y escribir y amar, ¡y que los demás no me entiendan! Pero la calma tiene oportunidad de reinar al reflexionar – aleluya. Me percaté de las herramientas que utilizo en esos momentos y me alivié.

Primero, en momentos de incomprensión externa (cuando mi oyente no capice) respiro y me detengo. Nunca he sido de las personas que dispara de la baqueta. Mis pensamientos tienen que ver conmigo y, como las palabras no se las lleva el viento, escojo lo que digo para que sea lo más efectivo que pueda decir – según yo.

Segundo, en voz alta me cuestiono y analizo lo que dije. Aunque puede sonar que es una pregunta para quien que me escucha, realmente es una interrupción para que viaje por mis oídos hasta mi cerebro. Esto me permite detener mis pensamientos y estar en el momento presente para evaluar lo dicho desde el “ahora”.

Tercero, le pregunto a mi oyente qué fue lo que entendió del mensaje que expresé originalmente. Así como yo interpreto el mundo y lo que me sucede desde mi perspectiva, ¿saben qué? ¡Cada una de las personas con las que interactuamos hace lo mismo! Por lo tanto, ante la duda saludo y pregunto. Esto es particularmente difícil para una persona que cree saber cómo comunicar y que en efecto sabe todas las cosas del mundo y sus siete billones de habitantes y que me hago entender y que todos entienden – yo.

Dejo el sarcasmo a un lado (difícil) y me río (fácil) al comprender que puedo utilizar nuevas herramientas para interactuar con el mundo. Que todos los días traen nuevas oportunidades para probar nuestras creencias y teorías.  Que siempre puedo escoger una manera diferente de comunicar mi mensaje.

Si te has sentido incomprendida alguna vez en tu vida, cuéntame en los comentarios. Espero poder apoyarte a utilizar tu voz para ser una mejor comunicadora. ¡Unidas podremos salvar al mundo de la incomprensión! Bueno, quizás a unos pocos. La comprensión hay que desearla…

¡Cumpleaños feliz!

El 20 de enero fue mi cumpleaños. Ese día tomé vacaciones de mi trabajo. Cuando cae entre lunes a viernes, siempre trabajo para que me lo celebren. Pero a pesar del cautiverio y de lo mucho que me he quedado en casa en el último año, decidí tomar el día para mí. Mi propósito principal era escribir varios episodios de mi blog (para tener adelantados), dedicar tiempo a proyectos personales que me apoyarán a servir a mis clientes y escuchar mi lectura del árbol de la vida por una cabalista española que me había recomendado una amiga. Más tarde una cena y luego una reunión virtual. Sencillo y organizado.

Las felicitaciones comenzaron el 19 de enero, por amigas que querían adelantarse al ataponamiento de felicitaciones en Facebook. Como era mi cumpleaños decidí salir a comprar café y dar una vuelta mañanera con ese único propósito y en presencia. Más felicitaciones. Llamadas, textos y mensajes de voz. Varias conversaciones. Hasta Paul McCartney me cantó Happy Birthday. ¡En la mañana nada más! De almuerzo, Sofía y yo salimos a comer sushi para celebrar y la pasamos de maravilla, conversando y riendo.

Ya en casa retomé los planes, pero continuaron las llamadas y las invitaciones. Cuando llegó el momento de la lectura del árbol de mi vida estaba más que preparada y fue una experiencia iluminadora. Quizás porque al ser el día de mi cumpleaños estaba tan receptiva y agradecida. Luego me fui al Viejo San Juan a continuar festejando. Una cena entre estrellas… El cierre de mi día fue participar en una reunión virtual de Toastmasters que contó con la visita del Presidente de Toastmasters International. Gracias a mi amigo Cristóbal, durante la reunión recibí más felicitaciones, esta vez internacionales.

Te preguntarás: ¿Marinés qué tuvo de especial tu día? Te contestaré: La magia del amor. Tengo muchos familiares y amigos que me aman y me hicieron sentir querida ese día. Mis amigas escribieron mensajes de felicitación que me hicieron llorar y sanar por sus palabras poéticas y alegres. Recibí flores sorpresa de parte de una persona amada. ¡Recibí regalos y palabras! Todo esto me mantuvo reflexiva y presente en mi día. Pienso que en estos tiempos de pandemia las personas nos hemos acercado más de maneras diversas y por eso tantos respondieron a mi día de cumpleaños. Mi día fue glorioso gracias a todos los que me amaron y doy gracias por tener personas tan maravillosas en esta vida. Por todo esto, ¡deseo vivir cada día como si fuera mi cumpleaños!

El tedio en nuestros tiempos tiene solución

¿Alguna vez te has sentido perdida y desganada? Yo, muchas veces. En esos períodos a duras penas me levanto de la cama. Me paso del cuarto al sofá, luego a la butaca y regreso al cuarto. ¡Con dolor de espalda! Porque tanto mantenerme tirada, desconchunfla los huesos que cargo. A veces es bueno rendirse al cansancio para recargar baterías. Pero estar todo el tiempo así, me cansa más que trabajar todo el día con clientes.

Recuerdo las palabras de una de mis mentoras: Ríndete y confía en tu proceso; pero busca información, compréndela y actúa a base de lo que estés viviendo en cada momento. Eso me lo dijo mi Voz interna y lo puse en práctica cuando me dijeron que tenía cáncer de tiroides. Utilicé esos tres pasos para no volverme nuclear y explotar de la incertidumbre.

En el caso del cáncer de tiroides, me senté a leer lo que era, qué lo provocaba y cuáles eran los tratamientos viables. Luego con mi médico, intenté comprender si era necesaria la cirugía y el tratamiento posterior que debía recibir para asegurarme de estar saludable. Por último, decidí someterme a las recomendaciones más efectivas. En resumen, tomé una decisión a base de la información adquirida y comprendida.

Este método he podido utilizarlo, de una manera u otra, en distintas situaciones de vida. Pero no siempre con resultados inequívocos y prístinos. A veces me quedo en la fase de adquirir información; otras comprendo, pero no actúo. Pero siempre aprendo una lección importante que me lleva a vivir de manera más satisfactoria. Muchas veces me he sentido perdida, pero con estos simples pasos puedo encausar mi tránsito por la vida para disfrutar plenamente todo lo que encuentro en mi travesía. Y si no, siempre puedo volcarme a actuar únicamente, moviéndome del cuarto al sofá…

Pandemia y curiosidades ahora

La semana pasada, mientras lavaba ropa, tuve un momento de Gozo Absoluto. Estuve en el ahora. Estuve presente en mi vida, presente en el momento, con lo que hacía. Cuando comprendí y traté de agarrarme al momento, ya había pasado. Aunque podría pensar que no he desarrollado la concentración necesaria para estar ahí prolongadamente, prefiero reconocer que vi ese Gozo y podría reconocerlo cuando vuelva. En contraste, a veces paso días en mi trabajo desenfocada, con el deseo de estar en otro lado, porque no estoy en el presente.

Un amigo me confesó que un día, mientras fregaba los platos en su casa, se cuestionó: ¿es esto todo lo que tiene la vida para ofrecer? Al tiempo se divorció. Si tuvo conexión una cosa con la otra, no sé. Pero ahora me cuestiono mi momento de Gozo…

La vida pasa por nosotros inexorablemente. El tiempo nos permite verla en distintas velocidades dependiendo del enfoque que tengamos. Si nos enfocamos en el pasado, estamos viviendo un tiempo quemado, en cámara lenta y circular; si nos enfocamos en el futuro, vivimos una línea aun inexistente y acelerada. El ahora nos permite ver lo que está ocurriendo y observarlo de manera inmediata, en tiempo real.  

Mi vida se compone de momentos mundanos y esotéricos, de curiosidades y frivolidades. Pero si no estoy presente me pasarán sin saber que pasaron. Quizás me aterroriza pensar que viva un momento difícil y lo sufra en el presente, pero si lo vivo y lo observo en el momento que ocurra, ¡será más llevadero que vivir en la angustia y ansiedad de los otros dos tiempos!

En estos días donde todavía vemos pandemia en todo lo que vivimos, vale el esfuerzo vivir desde el ahora, aunque no sepamos lo que haya al otro lado. Al final, no tenemos que saberlo. Tenemos que vivirlo.

¿Qué tal si me mantuviera silenciosa en un momento único de la historia?

A veces pienso que es más fácil seguir callada. Ya lo decía mi profesor de español de escuela superior: es más fácil seguir de largo cuando ves a alguien varado en el paseo de la autopista…

Estamos en momentos más históricos que de costumbre. El mundo está alborotado. La pandemia nos ha consumido. Nos hemos visto obligadas a suspender operaciones por un tiempo. Hay unas personas que dicen que si no aprovechas este tiempo no crecerás. El libreto del miedo es lo que ha imperado en otras. Para mí, estos momentos han sido difíciles por la aglomeración de situaciones que hemos presenciado. Quizás por eso vino la cuarentena, para que no viéramos la avalancha de sucesos que vendría de todas direcciones.

En mi caso el silencio es parte de mí. Evado el conflicto, porque por muchos años no supe cómo lidiar con él. Mi necesidad de que me aceptaran y el no poder expresarme cabalmente en situaciones emocionales, me llevó a silenciarme y a enfermarme. Si la tiroides que me removieron pudiera hablar tendría muchas historias que contar. Pero el peor silencio es guardar las emociones que me sobrecogían, ocultarlas por no saber qué hacer con ellas. Ese silencio es forzado, es una mentira, porque lo situacional no se reconoce, sino que se esconde. No hay la integridad de observar lo que ocurre en el momento que ocurre y aceptarlo, que es lo más sencillo. Porque evadirlo tiene consecuencias sombrías y, muchas veces, nefastas.

Todos tenemos un lado oscuro. En él depositamos lo que no deseamos ver, lo  ilegal, lo depravado, lo infantil de nuestra personalidad. Lo hacemos para que no nos juzguen como anomalías o como inadaptadas. Si tenemos reacciones violentas las ocultamos para no parecer desajustadas. Si tenemos algún asomo de discriminación lo negamos para que no digan que somos racistas. Si no nos gustan los niños lo disimulamos, porque ¿a quién no le gustan los niños?

Hace muchos años leí casi todo lo que había publicado Neale Donald Walsh hasta ese momento. En uno de sus tantos libros tenía una conversación con uno de sus amigos (de este mundo, no Dios) y hablaban sobre la honestidad. Su amigo decía que había que ser honesto aunque se fuera malcriao’ y Neale destacaba la importancia de ser honestos y expresivos desde un lugar de amor y no de la vaqueta. Aunque estoy plenamente de acuerdo con Neale, lo importante es la expresión y aceptación de mis reacciones y sentimientos para que permanezcan en la luz y no involucionen en mi lado oscuro. Creo en la importancia de primero reconocer lo que siento y necesito; y que expresarlo dará comienzo a conversaciones interesantes dirigidas a fortalecer o transformar mis creencias o diferencias. Me faltaría integridad si no reconociera ni aceptara mis temores, creencias y deseos.

Hoy te invito (si quieres, si deseas, si te funciona) a que observes cuán honesta eres contigo, cuántas veces callas y cuándo te atreves a expresar. Eres luz, electricidad, energía. Toma tu luz y arrójala sobre todo lo que tienes y lo que llevas. ¡Hasta sobre tu lado oscuro! Conviértete en la persona que deseas que otros sean, sé el cambio que quieres ver en otros. Todo empieza por ti.

El amor y el miedo tienen voces, ¿cuál de las dos deseas escuchar?

El compromiso de un coach es apoyarte a encontrar soluciones aunque no tenga todas las respuestas. Cuando el trabajo de una coach es efectivo, tú como cliente descubres que la respuesta está dentro de ti. Pero sola no hubieras podido encontrarla, porque muchas veces tus pensamientos limitantes o tus creencias erróneas te llevan por el Camino de No Continuar, o como yo le llamo: el Camino de la Amargura.

Cuando tu voz interna está alineada con el ego y sus miedos, nada de lo que oigas será para tu beneficio y será imposible escuchar la Voz de tu Sabiduría interna. Todas tenemos ambas, pero la primera te habla del tiempo tictac, como decía Stuart Wilde, y de lo poco que puedes hacer; y la Voz te dice que sí puedes y que hay posibilidades. La voz habla de limitaciones; y la Voz te habla de expansión e inspiración.

Durante mucho tiempo escuché la voz del miedo. Ese ruido interno hacía difícil que pudiera oír la Voz verdadera. Poco a poco descubrí que yo también tenía una Voz. Se me reveló al hablarles a otras personas. Solo la escuchaba para otras. La empatía, el amor y la compasión que sentía por otros, era la Voz la que los expresaba. Pero no me hablaba a mí, solo se comunicaba con las personas fuera de mí.

Un día escuché una pregunta poderosa: ¿Qué tal si le hablaras a una amiga de la manera que te hablas a ti misma? Y como por arte de magia me di cuenta que jamás les hablaría a mis amigas como me hablaba a mí misma. Comprendí el valor de tratarme como una amiga y comencé a escuchar la Voz dirigiéndose a mí, inspirándome y amándome. Me convertí en mi propia coach.

Te invito a que te preguntes cómo te diriges a ti, cómo te hablas y cómo piensas de ti. Si no eres amigable y amorosa contigo, quizás es tiempo de que comiences para que puedas escuchar la Voz de tu Sabiduría interna.

We are not that different

Today at 5 p.m. I decided to take a walk. Lately I have been exercising for 30 minutes, just to relax during this captivity period. I know, an hour is best; but 30 is better than nothing. To my surprise, my daughter Sofi came along, and we had a grand time even with social distancing measures. The day was sunny, windy, beautiful.

One of our neighbors had Sting’s “Dessert Rose” song full blast while exercising in her stationary bike. And Sofi asked me: “Is that Sting?” “Oh, you recognized him?” – I answered.

She replied: “Yes. But my favorite song of his is Ghost Story.” And we both started singing it on our way back.

Now I have it like a worm in my mind, and instead of washing my hands to the tune of Happy Birthday, I use some of Ghost Story’s lyrics:

“And all these differences

A cloak I borrowed

We kept our distances

Why should it follow

I must have loved you?”

– Ghost Story, by Sting

Sofi has the voice of an angel.