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¿Qué hago si el miedo se acomodó a mi lado?

Cuentan de un sabio que una noche, mientras meditaba, vio cómo se acercaba el fantasma de la Varicela a su aldea. Alarmado, le pidió al fantasma que se alejara. El sabio le rezaba a su Dios y no era justo que los aldeanos murieran por causa de la varicela. El fantasma negoció: tengo que llevarme a tres de ellos para cumplir con mi trabajo. El sabio, resignado, aceptó. Los primeros días murieron tres personas. A la semana murieron cinco más y cada día seguían muriendo hasta que los pocos que quedaron vivos salieron corriendo de la aldea y desaparecieron. El sabio meditó profundamente e invocó al fantasma para recriminarle. -Me engañaste,- le dijo cuando apareció. El fantasma, ofendido, le contestó: -¡Yo cumplí mi palabra! Solo me llevé a tres. Los demás se murieron de miedo.-  

Anoche encontré esta historia y me pregunté:

  • ¿Cuántas veces he muerto de miedo en mi vida?
  • Procrastinar, ¿me apoya a vivir una vida más plena? ¿O me hace morir de miedo un poco cada vez?
  • ¿Estoy dispuesta a vivir con miedo y a hacer las paces con él?

Reflexioné durante la noche que mientras permito que el miedo dicte mis acciones, siento que no aprovecho mi vida. Y vida desaprovechada es muerte.

Cada vez que evado ser honesta con misma, por miedo, es una oportunidad perdida a vivir desde un lugar de integridad y es difícil encontrar paz en esa evasión.

Postergar rima con matar y eso es lo que hago cada vez que dejo para después acciones dirigidas a atraer mis sueños a la dimensión de este planeta.

El miedo no se fue porque haya reflexionado en él y sus efectos en mí. Ahora sentada lo siento acomodadito a mi izquierda. Me pregunto si debo convivir con él o si debo invitarlo, suavemente, a que se separe un poco de mí mientras yo inyecto vida a mi existencia y a mis sueños…

Cómo liberarnos de la ignorancia

¿Se puede estudiar lo que sea? ¿Aprender lo que sea? ¿Desarrollar lo que sea?

Hace un par de semanas tuve una cena entre amigos donde hablamos del sentido del humor, de que unas personas lo tienen y otras no. Pero yo, aunque no puedo describir cómo lo tengo, les dije que todos podemos desarrollar el sentido del humor y la manera en que contamos nuestras historias para hacerlas más graciosas. Rápidamente “noooo, no es posible. Hay unos que nacen con eso.”

Yo dije que cualquiera que desee puede estudiar algo o aprenderlo o desarrollarlo, siempre que tenga la motivación o el deseo de hacerlo. Definitivamente, noes en la mesa. Uno de ellos explicó que él había nacido arquitecto y que estudiarlo no lo había hecho mejor, solo lo había confirmado. Yo traje el ejemplo de mi hija, que nació con lápiz integrado y dibujaba desde bebé. Sin embargo, sus estudios de arte han permitido que su capacidad genial se desarrolle a otro nivel. Es una artista maravillosa, porque se ha dedicado a estudiar su arte. Una de mis amigas trajo el ejemplo de mi hijo que siempre deseó dibujar, pero no tenía la habilidad de un artista. Lo trajo como ejemplo de que no todos tienen la capacidad. Y es cierto, pero en el caso de mi hijo él no ha tomado clases de dibujo y por lo tanto no ha podido desarrollar su motivación interna. Mi papá diría que todos pueden dibujar, hasta mi hijo.

¿Por qué pienso que todos pueden desarrollar o aprender algo? Porque lo creo para mí. Y como lo creo para mí lo quiero para todos. Si tengo conocimiento de algo lo comparto, porque todos deben saber de qué maneras se pueden atrechar caminos. Al final siempre descubro qué funciona para mí y qué no. Pienso que eso mismo les sucede a otras personas. Aprenden algo y si les funciona, lo utilizan. Si no, lo descartan. Pero para hacer esa evaluación es requerido estudiar, aprender, facilitar el conocimiento propio para luego escoger. Recientemente, un maestro indicó que la ignorancia sólo se elimina con el conocimiento. Es el estudio, la preparación y la experiencia lo que nos lleva a conocer. Por ejemplo, si yo no preparara talleres y hablara ante un público no sabría que el miedo es superable.

El estudio debe ser vasto y repetitivo. Una sola vez no es suficiente. Muchos caminos te llevan, te inspiran te alivian la ignorancia; pero repetir una y otra vez te da conocimientos nuevos, perspectivas nuevas. Es como ver una película varias veces. Siempre hay algo que no viste la primera vez o una nueva comprensión cuando la ves después. Un libro igual. Aunque no me gusta releer libros, cuando lo hago me pregunto “¿de veras leí este libro?”, porque siempre encuentro algo que no vi o siento que no lo había leído bien.

Sí, todos somos diferentes. Tenemos fortalezas, virtudes, debilidades, defectos. Hacemos actividades que nos gustan de mala manera. Otras veces realizamos actividades desagradables de manera eficiente, quizás perfecta. El conocimiento nunca se desperdicia, pero para que se fije hay que repetirlo, validarlo, experimentarlo, modificarlo y volverlo a ver. Siempre tenemos la capacidad de mejorar, transformar, cambiar, aprender. Solo activando la curiosidad de ver qué más hay sabremos qué nos puede apoyar y qué no.  

De esa manera podremos resolver la ignorancia que nos mantiene solo en nuestra percepción. Y eso es liberación.

Es momento de sostenerte en tu palabra: ¡conversa!

Durante el tiempo que estuve casada se me hacía difícil iniciar conversaciones difíciles. Nada más de pensarlo vivía angustiada previo a hacerlo. Aun entre desconocidos, si otra persona comenzaba, yo escuchaba atentamente lo que tuviera que decir y decía que sí a lo que fuera para no prolongar la confrontación. Un día en mi trabajo alguien preguntó si se podía hacer “x” cosa. Yo contesté impulsivamente que sí. En privado, me llamaron la atención, porque para hacer “x” era mejor hacer “y” primero.  Yo contesté “tienes razón”, para no prolongar la confrontación ni el regaño.

¿Les dije que me incomodan las conversaciones difíciles?

Para descubrir si era posible cambiar ese disco rayado de dificultad a confrontar, decidí estudiar. Desde cómo conversar hasta cómo escuchar y todo lo que hubiera en medio. A ver si podía moverme de ese espacio de incomodidad. En el camino descubrí que nadie nace amando las conversaciones difíciles. ¡Empezamos mudas de palabras! No somos como los potrillos o los cachorros que apenas nacen relinchan o ladran y en minutos caminan y casi, casi se independizan de sus madres. No. Los humanos y humanas somos dependientes, lloronas y aportadoras de desperdicios. No es hasta que empezamos a imitar a los adultos que comenzamos a utilizar palabras. Si a los adultos se les dificulta conversar o si les resulta fácil manipular o engañar, a los menores les resultará fácil imitar lo que ven y experimentan.

¿Qué encontré para mí? Descubrí que puedo utilizar el método de la contrariedad. Primero acepto que estoy en una conversación difícil, que no quiero tenerla, que no quiero confrontar, que no deseo emitir palabras. Segundo, reconozco que debo hacer algo contario a mi zona de comodidad (que es la de evadir confrontaciones). Tercero, lo hago. En este caso me quedo a enfrentar lo que antes temía.

Y este método tampoco es fácil. Recientemente tuve una conversación con un cliente. Hice una sugerencia y le invité a ponerle fecha a uno de sus proyectos. Me miró como si yo fuera una extraña y se quejó: ¿por qué traes ese tema? Tomó mi sugerencia como algo negativo, como algo que yo no debí traer a la conversación, a pesar de que era parte de lo que habíamos delineado como el trabajo que deseaba realizar dentro de un intervalo específico de tiempo. Le apreté un botón y él a mí; nos estábamos estirando fuera de nuestras zonas de evasión. Yo tardé en reaccionar, pues mi primera respuesta fue darle la razón, sí sí sí… Hasta que practiqué el método de la contrariedad y recordé que tenía que salir de mi zona de evasión, especialmente porque es un cliente que cuenta conmigo para subir de nivel en su vida profesional. Lo interrumpí y con preguntas lo llevé a recordar el momento en que delineamos nuestra colaboración. Su mirada de arrepentimiento me lo dijo todo. Yo no le recriminé, pero silenciosamente le di las gracias por darme la oportunidad de pararme en el poder de mis palabras. Retomamos mi sugerencia y le pusimos fecha a su proyecto que llevaba mucho tiempo en la fase de “pensamiento” y no pasaba a la acción.

Para mí era ideal evadir conversaciones difíciles. Todavía, aunque sé los beneficios de enfrentar, prefiero ponderar y pensar y quedarme ahí. Pero no necesariamente es una zona cómoda libre de sufrimiento. Es una zona incómoda a la que me he acostumbrado. Por eso el método de la contrariedad es uno que proviene de la consciencia que desea transformar y no del ego que desea alimentar el miedo y requiere más labor. El ego y la mente buscan siempre el camino de menor esfuerzo. Poco a poco, continuaré con el método hasta lograr conversar en ecuanimidad y amor, hasta hacerlo sin pensar.

Lo prohibido y su poder de seducción

Mi relación con los dulces ha sido la más perdurable que he tenido

De niña mis padres me prohibían los dulces. Abue era diabética y mami no quería que a mí me sucediera lo mismo. Pero Abue siempre tenía dulces escondidos. Yo los encontraba y me escondía para comerlos. Un día mi tía me encontró en el cuarto buscando algo dentro de mis pantaloncitos y echándomelo a la boca. Me preguntó qué comía. Yo le contesté, abriendo mis pantaloncitos y mostrando lo que ocultaba: “¡Dulces! ¿Quieres?”

De tantas cosas prohibidas que me han seducido, son los dulces los que perduran y me persiguen. Pensaba que era necesario que mis padres me explicaran porqué la prohibición, pero aun sabiendo la razón es difícil eliminarlos completamente de mi “dieta”, que me encantaría que fuera sólo de dulces azúcares, harinas, bizcochos, croissants…

Ese conflicto, querer comer dulces aunque reconozca que me hacen la existencia más difícil, es como la alegoría de una vida. A la larga todo cuesta y todo afecta. Pero si tengo la disciplina de reconocer lo que más me beneficia y aplicarlo, aunque me dé más trabajo, al final obtendré una recompensa. Todo tiene consecuencias, positivas o negativas.

Para seguir con el ejemplo, si eliminara los dulces en mi vida (o los redujera al más minimísimo mínimo posible), mis niveles de azúcar y peso se reducirían. Es decidirlo y planificarlo lo que me da trabajo. Es llegar a la consciencia total de cuán beneficioso sería para mi cuerpo (aunque dudo que para mi espíritu). Es reconocer que no necesito endulzar mi vida externamente porque puedo endulzarme internamente, reconocer mi corazón generoso, sentirme alegre con ello. Compartirlo. Lo prohibido seduce, pero sale caro. Quizás para poder superarlo debo ver los dulces como una tontería en mi vida y aprender a ignorarlos como burbujas que me alegran momentáneamente, pero que olvido al verlas explotar. Mi nuevo mantra quizás pueda ser: los dulces son burbujas, los dulces son burbujas, los dulces son burbujas…

Consentir a mis demonios

Hace unas semanas un amigo muy querido me confesó que odiaba a su papá. Lo escuché y era mucho su dolor al hablar. Hablaba de su padre con adjetivos irrepetibles. Pregunté por qué lo odiaba, pero era como si no pudiera expresar claramente sus razones para odiarlo. Quizás el maltrato fue tanto que no podía describirlo. No pude intervenir mucho en la conversación. Era más bien un desahogo. Pero me hizo reflexionar sobre mí. Me di cuenta que esa no es la reacción que deseo tener hacia mis padres. Y al final, en cuanto a nadie, ni siquiera hacia mí.

En el libro Feeding your Demons, de Tsultrim Allione, la autora habla de la necesidad de alimentar nuestros demonios, cuán importante es encargarnos de ellos. Eso lo hacemos al mirar nuestros odios y adicciones, reconocer dónde los alojamos o los evadimos. Guardarlos solo nos deposita energías negativas en el cuerpo y en la mente que luego se convierten en enfermedades. Evadirlos no funciona ni a la corta ni a la larga. Es lo mismo que prolongar una conversación difícil: el estrés de posponerla es más extenso que la conversación misma.

A mi hija, en una de sus clases de arte, alguna vez le pidieron que dibujara los sentimientos que padecía. Esos dibujos fueron creativos, espeluznantes y liberadores. Le dio cuerpo a lo que la agobiaba. Según el libro, primero le das una forma a ese demonio. Luego le preguntas qué desea. Al final te conviertes en lo que quiere y se lo ofreces. Al alimentarlo se satisface y se convierte en tu aliado. O aliada, porque puede ser demonia – hay que ser inclusiva.

Esto ocurre en todas las etapas de mis vidas, como hija, como mujer, como profesional. Lo que oculto o lo que evado, se agranda y luego es más difícil manejarlo. Y no es suficiente comunicarlo si luego no me encargo, si no reconozco que es mío y que los estímulos externos no son los culpables. Son solo los reflejos de lo que llevo internamente y que no puedo ver con mis propios ojos. Gracias a que mi amigo ventiló pude reconocer algo de lo que llevo dentro y espero manejarlo para que esos demonios no me coman sin mi consentimiento.

El cotorreo: tu mensaje y cómo hacerlo más efectivo

Parte de mi rutina mañanera es meditar.  En los últimos meses, unas cotorras realengas se mudaron a uno de los árboles que queda justo detrás de mi cuarto. Como viven en comunidad les encanta hablar todas a la vez. En la mañana. Mientras medito. Ya entiendo cuando mami decía que mis amigas “hablaban como cotorras”.

Mis cotorras mañaneras me han hecho reflexionar sobre la generosidad al hablar o al callar. Quizás tienes un amigo que se lo habla todo o tú seas esa amiga que no se calla. Quizás guardas silencio para no ofender o porque no te atreves a comunicar. En mis reflexiones me di cuenta que soy las dos dependiendo de con quién esté o de que esté en un momento apasionado de mi vida. Soy la que calla, soy la que habla hasta morir, soy ambas.

Ante una audiencia es necesario expresar, comunicar y ser lo más clara posible para que el mensaje llegue tan cercano a como la autora lo diseñe. En estos tiempos donde se publica tanto (de acuerdo a mi estudio empírico en Google, se publican más de 7.5 millones de episodios de blogs al día) tenemos una oportunidad única de ser parte de ese conglomerado de autores. ¡Podemos escribir o cotorrear de lo que se nos ocurra! “¿Pero cómo lo hago?” – es una de las preguntas que más escucho.

Escribas un episodio, un libreto o un discurso, para mí es importante lo siguiente:

  1. Sentarte a escribir. Sí ya sé, esta parte cuesta. Estoy acostumbrada a la distracción de ver mi celular cada dos segundos, de levantarme a la cocina para buscar un brownie, de ver los primeros cinco minutos de una película a ver si me gusta y si no cambiar de plataforma para ver otra cosa… Escribir requiere reflexionar y poner en la pantalla las palabras que, unidas, hagan sentido. Para ello, debes salirte del medio y permitir que salga lo que desea ser expresado, como dice Anne Lamott en su libro Bird by Bird. La mejor manera de salirte es sentarte.
  2. Cuenta algún cuento. Llevar historias de un lugar a otro era la función de los juglares en la Edad Media. Cantaban, recitaban, bailaban. En fin chismeaban y así las comunidades se enteraban de lo que estaba pasando en otros lugares. Nuestro cerebro y nuestra curiosidad se enganchan con historias y eso hace que el mensaje sea más fácil de digerir.
  3. Evalúa tu propósito. Que puede ser cualquiera: entretener, informar o persuadir. Decir algo que llevas en tu corazón. Ser de beneficio para alguno de los siete billones de habitantes del planeta. Vender un producto. Observar tu propósito apoya a hacerle una verja a tus pensamientos desbocados y utilizar solo aquellos que fomenten tu mensaje.

Finalmente, detrás de mis recomendaciones me parece que se encuentra la generosidad. Pensar en nuestra familia, amigos y clientes, y compartir experiencias y lecciones aprendidas, es una manera de contribuir a su vida. Te invito a que seas clara y enfocada en tu cotorreo. Verás tus cotorras alzar vuelo.

El inconsciente se lleva en el cuerpo

Mi abuela materna, Aida, tiene aproximadamente 96 años. No sé si cumple en septiembre o en diciembre. Ella tampoco lo recuerda. Parece más una niña que una vieja. Su cutis terso y rosado luce vivo y alegre. Al observarla en su cama es difícil ponerle la edad.

Un día de julio, llevé a mi amiga Charo a visitar a Abue. Ya se conocían, pero ese día Abue apenas reconoció a Charo. Su sonrisa parecía preguntar quién era. Charo habló con ella y le preguntó cómo estaba y le dio conversación. En uno de los silencios de Abue, Charo le preguntó si recordaba todas las multas de tránsito que me habían dado cuando estudiaba en universidad. A Abue se le iluminó el rostro y dijo: -Sí, ¿te acuerdas que le daban multas por todo? ¡Cada vez que venía de Mayagüez!

Las memorias que lleva engarzadas en su cuerpo fueron las que impulsaron a Abue a afirmar con toda seguridad la multitud de mis multas de tránsito. Su cuerpo reaccionó rápidamente a algún recuerdo y se sonrió y parecía otra al bromear con nosotras.  Cuántas memorias más cargará en su cuerpo.

Eckhart Tolle fue el primer autor al que le escuché decir que el inconsciente se lleva en el cuerpo. Aunque muchos años atrás conocí el libro de Louise Hay sobre las causas emocionales de las enfermedades, no fue hasta que Eckhart Tolle habló de las cargas inconscientes del cuerpo que pude ver la extensión de lo que llevamos sin darnos cuenta. Y eso lo mostramos cuando hablamos ante una audiencia. Queramos o no.

Comunicar a un público sana tu cuerpo, porque se alivia con cada presentación, con cada mensaje compartido. La audiencia se siente atraída o repelida por ti, por tu mensaje y muchas veces no sabemos qué nos apoyó a conectar con unas personas y qué no. Pero en cada presentación dejamos algunas de las cargas que llevamos, las transmutamos o las transformamos. Nuestra perspectiva de un mensaje o de la vida cambia. Simplemente por hablar y comentar y exponernos a comunicar una verdad, aunque sea transitoria.

¿Cómo puedes aprovechar la información de tu cuerpo para mejorar tu lenguaje corporal al dar una presentación?

  1. Ejercítate y medita. Usar el cuerpo para moverte lo libera de cargas insospechadas. Meditar luego de ejercitarte te permite bajar los niveles de ansiedad. Ambas prácticas te ayudan a conocer tu cuerpo y observarlo. Apoyan a ver lo que eres capaz de hacer.
  2. Practica la presentación. El cuerpo se abre a liberarse con la práctica. Esa liberación hace más poderoso el mensaje, pues lo aclara al soltar las cargas inconscientes. La práctica también te apoya a mirar lo que traes, lo inconsciente se vuelve consciente y puedes utilizarlo a tu favor.
  3. Procura estar en presencia. Que no es otra cosa que vivir el presente. ¿No te pasa que mientras cocinas estás pensando si a tus hijos les gustará la comida? ¿O piensas en cuánto sobrará para llevártelo de almuerzo al trabajo? Eso es estar en tu cabeza y no en el cuerpo. Tu audiencia puede darse cuenta cuándo estás concentrada en el momento y cuándo no. Estar en presencia te apoya a ver tu mensaje, ajustarlo y expresarlo claramente.

Es el cuerpo lo primero que ves al mirarte al espejo, es lo que presentas a tus amigos y al mundo, antes de hablar. Para tener congruencia entre lo que hablas y lo que cargas lo primero es empezar a comprender lo que llevas. Solo así podrás sobrepasarlo y sanar. Para comunicar mejor, para liderar mejor, para vivir mejor.

Cómo vivir cada día como si fuera el último (¿Qué necesito? Parte II)

Hace 5 años participé de un accidente aparatoso en un carro ajeno. Todos los años a partir de entonces celebro, me remonto a esa noche y pienso “pude haber muerto”. Mi amiga Charo dice que con los avances en la tecnología de autos era muy poco probable que muriera. Pero esa noche estuve más cerca de la muerte que otras veces.

Cuando me pregunto qué quiero en la vida mi primera respuesta es “vivir”. Si me pregunto qué necesito, me contesto “todo lo necesario para vivir”. Esas respuestas no son tan efectivas ahora como me parecían antes. Hace unas semanas escribí que este deseo de verificar lo que quiero y necesito comenzó con comunicar. Durante mi época de descubrir el cáncer, me propuse comunicar y dejar de callar. Decir lo que quiero y lo que no. Expresar lo que siento. En fin, hablar en vez de silenciar, porque callar es lo más fácil para mí. Pero no lo he hecho tan efectivamente como me lo prometí.

Quizás por eso la pregunta de lo que necesito fue tan reveladora y me dejó en silencio. Aunque sencilla, tuve que sentarme a considerarla. Es fácil vivir automáticamente: levantarme, recoger mi casa, ir al trabajo, ver televisión. Vivir en automático es una zona cómoda que solo requiere mantenimiento y pretender que nada cambia o evoluciona. Pero vivir desde un punto de comprensión de lo que necesito y deseo requiere voluntad e interrupción. Requiere inconformidad con la zona de comodidad.

Decidí tomar acción en tres pasos:

  1. Todos los días dedico media hora en la mañana a reflexionar sobre lo que quiero y cómo me siento con respecto a mis deseos y necesidades.
  2. Escribo un poco sobre lo que me limita y cómo puedo superarlo. He descubierto creencias limitantes que no sabía que tenía.
  3. Traigo a mi consciente esas limitaciones que descubro para ver cómo manejarlas o simplemente observarlas. Luego de escandalizarme por reconocerlas, el alivio que surge provoca paz en mi corazón.

Ese proceso me apoya a vivir cada día de una mejor manera, un poco más despierta. Aunque quizás no como si fuera el último día.  Me parece que hay que tener un desespero genuino que solo se logra si de verdad supiera que es el último día o luego de un accidente aparatoso en el que se pueda apreciar detalladamente la fragilidad de la vida. Sin embargo, no hay que esperar al desespero o a lo aparatoso para vivir tu mejor momento ahora. Puedes vivirlo si te dedicas el tiempo para reconocer lo que necesitas y deseas.

¿Qué necesitas?

“¿Qué necesito?”

Hace unos días tuve una sesión con una coach de meditación que me dejó patidifusa. Luego de llevar 20 minutos conversando, me preguntó que cuáles eran mis necesidades. Pregunta sencilla. Me detuve y pensé sobre lo que considero mis necesidades y mi diálogo interno respondió “no necesitas nada”. Pero mi cuerpo se rebeló ante la lenta comprensión de que sí deseo y necesito, más allá del consabido “quiero ser feliz”. No pude contestarle a Sarah.

Todo comenzó con mi deseo de ser una mejor comunicadora. Hablar no es cuestión de abrir la boca y ser “auténtica” diciendo todo lo que se me viene a la mente, porque soy así, “honesta y sincera” siempre. Eso demuestra no tener sentido de empatía hacia otros y no me funciona. Mi opinión de los demás tiene que ver conmigo. Comunicar requiere comprensión interna, locuacidad propia, mirar con el corazón primero. Requiere escuchar, intimar, meditar. Procesar y reflexionar. Requiere voluntad. Puede ser por unos segundos o por toda una vida. Requiere decidir comunicar lo importante, como tus deseos y necesidades.

Comunicar va más allá de hablar. Requiere entender para hacerme entender. Sí, ya sé que cada cual interpreta como desea y como está alambrado; pero podemos lograr entendimiento mutuo si observamos el individual. Entenderme, internamente, es el comienzo para conectar, que es lo que deseamos al final: establecer una conexión efectiva con quienes nos relacionamos. ¿Cómo comunicas? ¿Para qué comunicas? ¿Deseas expresar lo que sientes o manipular a otros? ¿Persuadir o engañar? ¿Conoces el propósito de lo que comunicas? La contestación a estas preguntas es para ti, la honestidad aquí es interna. Es fácil mentir a otros; quizás necesario en algunos casos. Sin embargo, tener integridad personal al momento de contestar cualquiera de esas preguntas requiere interrumpir los pensamientos desbocados y las creencias limitantes ubicadas en tu mente. Reconocer lo que procesa tu interior y luego expresarlo de manera efectiva y entendible (si es necesario comunicarlo) es un asunto individual y podemos aprenderlo. Hacerlo es beneficioso para el resto de la humanidad.

Protestar con honestidad

Dos sugerencias para aprender a protestar

Buscaba una tela llamativa para hacer unos cojines. A casa llegó un sofá hermoso en piel, de color neutral y le hacía falta vida. En la tienda encontré una tela en el color que buscaba. Pedí la cantidad que deseaba. Me fui a la caja a pagar. Cuando vi el total me sorprendí. El cálculo en mi mente era menor, pero no protesté en voz alta. Cuando la cajera me cobró me fui a donde había visto el precio de la tela y en efecto era menos que lo que me habían cobrado. La empleada me preguntó: ¿Pero por qué no protestaste antes de que te cobrara? Yo le contesté: La historia de mi vida.

¿Cuántas veces callas porque no quieres molestar?, ¿o por querer lucir bien? En la situación de la tela, admito que no quería parecer tacaña. ¿Yo? ¿Regatear por un precio? ¡Jamás! Pero si me hubiera ido de la tienda sin verificar ni protestar, hubiera llegado a casa infeliz y frustrada.

Soy partidaria del silencio y la pausa en las conversaciones, pero comunicar no se compone solo de silencios. Es necesario compaginar esas pausas con palabras pensadas, que construyan un mensaje oportuno. Claro, hay veces que hay que ser más oportuna para evitar que te cobren de más. Pero más importante es hablar aunque sea un poco a destiempo.

En los últimos años dos ejercicios me apoyan a encontrar las palabras apropiadas:

Primero: reconocer e interrumpir. Esto implica detenerme a mirar el momento y lo que me incomoda. Reconocer que, aunque me avergüence, es más importante salir de la duda (como en el caso del precio de la tela). Reconocer que no quería llegar a casa sin haber hecho las preguntas necesarias. Reconocer que callarme resulta en problemas que se pueden resolver hablando claro. Reconocer que no me gusta protestar, pero que a veces es necesario hacerlo para lograr un mejor entendimiento de lo que soy capaz de hacer.

Segundo: atreverme. Que no es tan fácil y tampoco es la primera vez que lo digo, pero amerita repetición. Según el Diccionario de la Real Academia Española el verbo ‘atrever’ significa determinarse a algún hecho o dicho arriesgado; insolentarse, faltar al respeto debido. Lo que me llevó a preguntarme ¿por qué debo respetar mi silencio cuando me avergüenza o cuando me empuja a tomar malas decisiones? Este paso conlleva atreverme a lucir mal y a protestar; a faltarle el respeto a mi vergüenza por “el qué dirán”. Al final atreverme me lleva a sentirme en paz por haber tomado la decisión correcta.

Es necesario utilizar el método para que funcione. Ayer desayuné con un amigo. La mesera me ofreció dos mimosas por el precio de una. Dije sí y me tomé una al inicio y dejé la segunda para el cierre. Cuando nos trajeron la cuenta, ni la miramos. No tuvimos un momento de interrupción. Pagamos y nos fuimos. Hace unos minutos revisé el recibo. En vez de una mimosa, nos cobraron dos. Si tan solo hubiera usado el método, me hubiera ahorrado el precio de una mimosa y hubiera obtenido la paz que me da protestar a tiempo.

¡Detesto el conflicto y quiero evitarlo! 3 pasos para comenzar una conversación difícil.

¿Has tenido alguna vez un amigo que te dice que quiere paz en su vida, pero es perseguido por conversaciones dramáticas y conflictivas? He estado parada en esa premisa. Y es que el conflicto forma parte de mi vida aunque no quiera. Todo aquello que provoque una sensación de desagrado en mí, es una situación conflictiva. Ahí comienza el conflicto, en mi interior. Si el conflicto es tan constante, ¿podré resolverlo a través de una mejor comunicación?

Recuerdo en mi infancia que mis padres no discutían frente a mí. Lo que me llevó a concluir, estupendamente, que la gente no tenía disputas ni problemas dentro de sus casas. Aunque yo sí era protestona en mi mente cuando mi mamá me llamaba la atención o mi papá me regañaba, mi expresión comunicativa era silenciosa. ¿Para qué protestar abiertamente si yo quería evitar el conflicto?

Esa carga de “llevar la fiesta en paz” la arrastré durante mi juventud, pero dónde llegó a su punto más grave fue en mi matrimonio y en mi vida profesional. En nuestras diferencias matrimoniales, él ventilaba lo que necesitaba y yo no interrumpía oportuna ni convincentemente. En mi trabajo, yo evadía las conversaciones difíciles hasta que no podía más y los resultados eran poco eficientes. Al final, mis acciones (o inacciones) me provocaban infelicidad y ansiedad en todos los aspectos de mi vida.  

Todo ese silencio me llevó a desarrollar una condición de salud que me hizo analizar si ésta era una manera auténtica de vivir. Cuestionaba una y otra vez si sería posible ver mi conflicto interno y resolverlo. Si sería posible comunicarme de una manera honesta para reconocer lo que tuviera que expresar oportunamente y no dejar mi comunicación para nunca.

Tanto análisis me apoyó a alterar mi estilo de comunicación. Como no me gusta gritar ni que me griten desarrollé un método sencillo para comenzar esas conversaciones difíciles que tanto me agobiaban.

1. Escuchar con atención a quien habla frente a mí. Y no es tan fácil como parece. Muchas veces estaba pensando en aquello que iba a contestar y no prestaba la atención necesaria para escuchar lo que la persona expresaba. Otras veces, si lo que la persona decía no me gustaba, me desconectaba. Pero estas actitudes tenían como resultado que no entendía lo que la persona decía (ni me interesara en entenderla). Ahora, al comenzar una conversación me dedico a escuchar activamente a la otra persona para comprender lo que desea comunicar.

2. Preguntar y parafrasear para asegurarme de entender lo que escuché. Hace unos años cuando trabajaba en una agencia de gobierno el jefe de la agencia me indicó que él no había dicho ni hecho las cosas que yo había escrito en un informe que preparé por una situación ocurrida en el área que yo supervisaba. En un momento en que él guardó silencio, yo le pregunté si me estaba diciendo que yo mentía. No quise presumir que eso era lo que expresaba y lo interrumpí para salir de la duda. Si me hubiera callado en ese momento me hubiera quedado con la impresión ansiosa de que en efecto me decía que mentía.

3. Evaluar mi modo de comunicar en una conversación y hacer lo contrario. Por muchos años la manera en que operaba era callando mis deseos y opiniones para no alterar a las otras personas, para que hubiera tranquilidad en la conversación. Pero eso no traía paz a mi vida, porque después estaba pensando en las cosas que podía haber dicho y no dije. Cuando comprendí lo infeliz que me hacía mi modo de silencio, decidí conscientemente actuar de la manera contraria. En el ejemplo anterior, luego de preguntar comencé a expresarle a mi jefe lo que pensaba de sus acusaciones indirectas. Atreverme a hablar en ese momento fue una acción contraria a lo que estuve haciendo por años. Aunque no fue una conversación en la que se resolvió todo con un final feliz para los involucrados, logré mi cometido. Expresé oportunamente lo que quería decir y experimenté la paz que ansiaba.

Las conversaciones difíciles son quizás las que menos deseamos, pero ocurren en nuestra vida profesional y personal en igual medida. Si nos preparamos para afrontarlas tendremos mejores resultados y quizás encontremos la paz que anhelamos. Te invito a que comiences una conversación difícil para que descubras una nueva manera de relacionarte con tus conflictos.