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Soltera, feliz y en paz con Cupido

Este día de San Valentín celebra el amor desde la soltería. El primer amor te lo debes a ti. Cuando te amas, es más fácil amar a los demás. Te ofrezco algunas sugerencias para que este día sea de felicidad y alegría:

  • Si la vas a pasar en casa, cocina una cena para ti y disfrútala en presencia, con todos tus sentidos. Saborea cada bocado con premeditación. Utiliza algunos de los ingredientes afrodisíacos que  recomendó Tu Chef Rebecca en el programa radial Dale mente en 1140 am. Arúgula, almendras, fresas y tu mente… Puedes encontrarlos en Facebook. (Sí, ya sé. Quizás pienses que afrodisíaco y soltería no van de la mano. Te sorprenderías…)
  • Lee una novela de amor (no de romance). Te recomiendo The Museum of Modern Love de Heather Rose, una novela inspirada en la hazaña de Marina Abramović en el Museo de Arte Moderno de Nueva York en el 2010.
  • Organiza un friend date. Me reúno con amig@s querid@s dos jueves al mes. Empecé a reunirme con dos amig@s y ya somos cinco. Nos tomamos una copa de vino y nos deleitamos de nuestra compañía. Llenamos nuestro tanque de amor, como diría Yesenia.

Disfruta el espacio en el que estés en este San Valentín. Reconoce tus deseos y anhelos. Goza con tu soltería, tus amistades y tu familia. ¡Lo importante es que celebres el Amor, éste y todos los días!

Posterguicidio. Otra palabra para procrastinar.

Quien no actúa, no tiene evidencia de transformación.
-Marinés Rivera

“Action comes first”, eso dijo Ina Coveney durante una clase que tomé con ella recientemente. Para Ina actuar es primordial para ser efectiva, para encontrar tu nicho, para comenzar un negocio. Ya lo decía una mujer sabia: quien no actúa, no tiene evidencia de transformación. ¡Ah! Eso lo dije yo. Pero no porque lo haga…

Mi lado izquierdo del cerebro es bastante ruidoso. Es la parte analítica y lógica de mis pensamientos. El lado derecho me hace ensoñar con lo que vislumbro en los rincones escondidos de mi corazón. Pero ninguno de estos lados cerebrales está diseñado, en mí, para actuar. Si me levanto por las mañanas con la idea de meditar, interrumpo para tomar café primero porque tengo que despertar. Si deseo agendar una hora para escribir un episodio de mi blog, aprovecho primero para tomar una siesta; el descanso me hará escribir con más claridad. Actividades dirigidas a no hacer o a interrumpir. Qué ironía.

‘Actuar primero y luego afinar’ es una expresión que me causa una ansiedad que se refleja en lo mucho que he tardado en escribir esta oración. Comencé, postergué, me detuve. Fui al baño, regresé, me distraje. Al fin completé. Wow (en español guau). Eso fue “actuar” según mi mente. ¡Claaaro!

Se me ocurre inventar que cometo posterguicidio: acción y efecto de matar tus metas y sueños interrumpiéndolos constantemente con actividades dirigidas a no hacer; postergar más allá de postergar. Y ahora me pica un pie y dirijo mi atención ahí para no escribir. Interrumpo. Escribo y vuelvo a sentir el picor. Interrumpo. Y evado completar una tarea que me aproxime a cumplir algún deseo acunado en mi pecho o a escribir algún mensaje que pueda alegrar a otros.

¿Ansías cambiar de trabajo? ¿Corriges tu résumé una y otra vez y no lo distribuyes? Déjame decirte que eso es posterguicidio. ¿Quieres robustecer tu lista de correos electrónicos para ampliar tu negocio y le das largas y más largas? Posterguicidio. Y no hablemos de las relaciones natimuertas por el posterguicidio mayor “estoy ocupada (con nada)”; postergación por estar “ocupados” más allá de alguna ocupación real. Y todo porque no te atreves, porque no te arriesgas, porque no actúas.

Actúa primero y descubrirás lo que funciona para tu trabajo o negocio. Actúa y descubrirás misterios que desconoces y te harán vibrar. Actúa y obtendrás evidencia de tu transformación. Actúa, aunque seas experta en posterguicidio, actúa.

Si la montaña no va a Mahoma haz que Mahoma venga a Puerto Rico

Durante el pasado mes de noviembre llamé a mi hijo para recriminarle. Ya habían pasado 3 años desde su último viaje a Puerto Rico. Admito que quizás le subí dos a mi tono para que él se sintiera culpable y viajara a verme. Él, con su acostumbrada honestidad, me contestó: Mami te entiendo, pero no me gusta tu tono.

Semanas después recibí un mensaje con su itinerario de vuelo. Vendría para mi cumpleaños. ¡El mejor regalo!

Su viaje fue de pocos días y transcurrieron más rápido de lo que se suponía. Llegó y se fue. Y su partida me dejó una grieta en el corazón que no creo que cierre ni con epoxi. Pero en nuestros andares por lugares familiares o desconocidos me sentí protegida con su compañía cuando debió ser al revés. Viajé en el tiempo al recordar cuando salíamos los tres juntos: Christian, Sofía y yo.

Si mi poder de persuasión fuera tan bueno conmigo como fue con Christian, ¡tendría tantos proyectos completados! Para empezar, ya habría rebajado 20 libras. Tendría varias novelas publicadas. Mi práctica de mentoría tendría más clientes a quienes favorecer. Quizás hasta estaría iluminada como Buda, amaría incondicionalmente a todos los seres sintientes y tendría 600 conventos unisex establecidos para el beneficio de toda la humanidad.

(Es hora de cambiar mis pensamientos limitantes o derrotistas. Ahora que lo escribo imagino un espacio mental silencioso que puede ser la zona donde restablezca una conexión con mi yo auténtico, ese que desea florecer para transformarme.)

Durante su viaje a Puerto Rico Christian reconectó con su familia y vi al hombre amoroso y protector que vislumbré desde que lo vi por primera vez. Sé que él recargó sus baterías y se fue con el corazón repleto de nuestro amor y alegría. Valió el esfuerzo persuadirlo para que nos visitara. Comprendí que siempre vale el esfuerzo cambiar. Siempre vale el esfuerzo amar.

Todo es un desastre

¿Será verdad? Los temblores de estos días son ocurrencias naturales que provocan desastres en estructuras y por consiguiente pueden ocasionar daños a los humanos y animales que pululamos cerca de ellas. (No lo dije yo. Lo escuché por radio.)

La naturaleza no responde necesariamente a nosotros. Responde a su necesidad de acomodar las cosas para el mayor bien y a su gusto. A veces eso implica una transformación leve y otras hasta una extinción. ¡Claro, el martes pasado a las 4:25 de la mañana sentí que su necesidad no era de acomodo sino de extinción!

Los temblores se parecen a las crisis de todo tipo que sufrimos y nos cambian la vida. Unas veces el cambio es pequeño y no lo sufrimos tanto. Otras veces el cambio implica apagar lo viejo o lo que hace daño. Los cambios son oportunidades para enfrentar la vida de una manera diferente o para hacer algo que no hayamos hecho antes

Nuestros hermanos y hermanas del sur de Puerto Rico están sufriendo cambios drásticos en sus panoramas físico y mental. Muchos han perdido el uso de sus casas, otros han perdido el uso de las facilidades donde trabajan. (Pero estoy segura que todos lucharán con sus compañías de seguro para que respondan oportuna y rápidamente ante la emergencia…)

Mientras, la gente dentro de la parte menos afectada de Puerto Rico respondió al llamado de apoyo de una manera más efectiva que el propio gobierno. Los grupos de ayuda poco han pensado en su beneficio y bienestar, y se concentran en darle cátedra a los políticos y al mundo de lo que es unión y compasión.

No podemos pronosticar temblores ni trazar trayectorias certeras de algún huracán que se avecine. Sí podemos repensar la inevitabilidad del cambio. Reflexionemos sobre nuestra reacción ante la adversidad o cómo fluir ante lo inesperado. En estos días, eso incluye dormir a la intemperie para sentirnos más seguras y tranquilas.

El drama luciferino del juicio al perder un trabajo y otras dificultades

Mi hermana Teresa (María Teresa) y yo tuvimos una conversación de hora y media. Como tantas otras. Ella está pasando por un reto de vida: hace unas semanas la despidieron de su trabajo y está procesando la frustración y ansiedad que ello conlleva. Ese fin fue brusco y no querido, pero para mí fue bienvenido. Tere lleva años bregando con retos de salud ocasionados por el estrés del trabajo y esta es una oportunidad para recuperar la salud perdida. Pero esa es mi opinión, porque a mí me agobia el estrés por mi trabajo y no puedo dormir en las noches y quién soy yo para pensar que para Tere es mejor que la hayan despedido… Egoístamente juzgo que es lo mejor para ella desde mi perspectiva. Si me hubiese ocurrido a  mí estaría llorando por las esquinas de algún barrio olvidado por Dios y Lucifer.

Qué fácil me presto a opinar de la vida de otros sin tener la empatía de sufrir lo que sufren. Y no digo que me haga el drama luciferino de lo-malo-que-es-Dios-conmigo-y-los-demás. Me refiero a ponerme en los zapatos del otro, a identificarme un poco con el dolor ajeno, a detener los pensamientos y palabras de juicio que puedan desprenderse de mi mente o mis labios.

¿Dónde ubicarme en estos escenarios cotidianos de crisis y calma donde es a otras personas a quienes les suceden situaciones que yo no deseo experimentar? ¡Me ubico en el lado del miedo! Y todo por no aceptar que las situaciones pasan, que las crisis pueden venir e irse, que viajo entre dramas propios y ajenos, y que NO me he muerto a causa de ninguna de ellas.

Recordé que me pasó lo que está viviendo Tere hoy; que he llorado por alguna película triste; que me ha carcomido la inercia. Y todo lo que he vivido me ha mostrado que nuestras cicatrices son similares; y que puedo sentir empatía por otras personas y tener compasión conmigo.

Durante nuestra conversación, repasamos el conocimiento que hemos adquirido de nuestras incontables batallas y recordamos que tenemos que ponerlo en práctica. Entonces le di una asignación a Tere para hacerla en estos días. Dividí su tarea en 9 pasos para que tenga estructura y claridad. Ella me dio una asignación también, pero como yo no tengo ni estructura ni claridad, he estado serpenteando con la tarea. (Ya Tere me sugirió que me puede delinear 9 pasos que me hagan trabajar…)

Pero de eso se trata la empatía: de estar ahí para alguien, de aprender mutuamente, de comunicar anhelos y temores, de soltar el juicio. Y, al final, de amar y amarme.

Es posible volar aunque no tengas alas

Anoche presenté uno de los peores discursos que he dado en Momentum Toastmasters. ¡Ba! ¡En cualquier club Toastmasters! El proyecto consistía de hablar sobre mi estilo de liderazgo y utilizar historias que lo ilustraran. Hace semanas, cuando lo leí, me vino la idea rápidamente a la cabeza y de ahí la desarrollé. Pero la ejecución no fue ni organizada ni clara; y como me estaba evaluando al mismo tiempo que hablaba, tenía unas pausas extrañas ¡horripilantes! Me esforcé por aparentar que no me estaba evaluando y fue peor. Cualquiera pensaría que con el triunfo de la nueva Miss Universe 2020, hablar de liderazgo sería pan comido para mí. Pero fue una comía de otra cosa…

Cuando llegué a casa, medité sobre mi desempeño y comprendí que había hecho par de cosas bien. No todo fue terror y sufrimiento. Primero, decidí dar el discurso y no cancelé (aunque por un momento lo pensé). Segundo, aunque sabía que mi discurso iba cuesta abajo, continué haciendo lo mejor que pude a medida que caía (casi, casi como caer con estilo). Tercero, descubrí que es mejor tener la idea central y la conclusión claras, porque el hilo conductor entre el principio y el final no se tuerce. Cuarto, sentí el temor de perder lo aprendido durante todos estos años y eso me llevó hasta aquí para plasmar en este papel digital mis elucubraciones cuasi seniles (quizás estas palabras me sirvan para retardar el desaprendizaje… si lo escribo, lo recuerdo…) Quinto, no es suficiente una práctica liviana. Hay que practicar con la intención de hacer el mejor trabajo y ser la claridad personificada. La práctica intencional es para que ese mensaje cale lo más hondo que pueda calar, que llegue lo más lejos que pueda llegar, para que beneficie a quien tenga que beneficiar.

Le conté toda esta historia a Sofía, que tanto retrasa las conclusiones de sus trabajos. Le hablé de las virtudes de hacer nuestras pasiones, pero también de aceptar realizar lo que no nos guste o lo que consideramos difícil. Si hiciéramos lo que deseamos todo el tiempo, no tendríamos la fuerza para abrir nuestras alas figurativas y volar. Aceptar que el mundo es calma y crisis y que es posible brincar de una a otra en ecuanimidad, es más efectivo que postergar para mañana o para el año que viene o para cuando me vaya a morir o para lo próximo que se me ocurra.

Y al final vislumbré que, así como las palabras que le dije a Sofi son para mí, el discurso, mi desempeño y su mensaje, también. Luego de tener un mal discurso es posible continuar con una vida normal, es posible ver lo que puedo mejorar, es posible sobrevivir la vergüenza. Siempre habrá una lección y algún día mis alas se fortalecerán y volaré. Aunque sea figurativamente.

En caso de que la extraña sea yo

Ayer terminé de leer Talking to Strangers, el libro más reciente de uno de mis ensayistas favoritos, Malcolm Gladwell. Confieso que me dejó un sinsabor y una tristeza que aun cargo. Hoy ha sido más difícil superarlos.

He leído varios de sus libros y me fascina la manera en que describe sus ideas. Su proceso mental, que no puedo ver, se me parece al mío- a falta de visión, comparo. Pero sus explicaciones,  posteriores a su proceso mental, son diáfanas y ahí es que difiero de él. Varias veces me han dicho que no hace sentido lo que digo. Hace sentido para mí, pero no logro comunicar efectivamente cómo ato unas ideas con otras; cómo se me ocurren; cómo descubro. Gladwell no sólo es fascinante, es también sencillo en su expresión, aunque no simple. Sus libros son éxitos de ventas, porque su estilo claro alcanza a muchas personas.

Entre éste y sus libros anteriores, encontré que Talking to Strangers es más cohesivo. El final no es sorprendente. Desde el inicio nos enteramos que termina con la misma historia con la que comienza: el arresto de Sandra Bland por un policía de Kansas- Sandra se suicidó tres días después en la celda que ocupó. Como extraños, se relacionaron de una manera que tuvo resultados fatídicos. Gladwell se pregunta cómo es posible que esto ocurra, que nos relacionemos de una manera tan burda a pesar de haber avanzado tanto en otros aspectos. Mantiene esa pregunta como norte y la contesta poco a poco, en cada uno de los capítulos del libro, con una investigación amplia y abarcadora. ¡Hasta con relatos de espías! Incluye historias interesantes que ejemplifican los estudios científicos que descubre en el camino.

Mi sinsabor proviene de dos avenidas diferentes. Primero, de haber terminado un libro que me hizo reflexionar en cada sección: qué estoy haciendo en mis relaciones, porqué permito unas situaciones, de qué manera escucho y actúo. Segundo, aunque tiene valor hacer estas indagaciones de lo que atisbo fuera de mí y cómo reacciono, me pregunto qué ocurre cuando la extraña con la que me relaciono soy yo… Da tristeza acabar un libro que logra hacerme recapacitar sobre mi exterior y mi interior; sobre mis reacciones y mis resultados. Me parece que lo leeré de nuevo. Solo espero terminar en una nota libre de sinsabor.

Me puedo quebrantar y levantar

El sábado 7 de septiembre de 2019, asistí al performance de Daniel Habif, quien se presentó por primera vez en Puerto Rico. Fueron tres horas de fuego, pasión y enamoramiento: ¡Quiero ser como él cuando sea grande!, pensé. Y me di cuenta de que soy más grande que él en edad y en cuerpo. Gracias a sus palabras me detuve y reflexioné: ¿Para qué compararme con él?

Primero, que no soy de su mismo género, aunque tenga una energía masculina marcada. (Eso sí, estoy ampliando mis límites de femineidad: me pinto las uñas de rosa, me dejo el cabello cada vez más largo, me afeito todas las zonas evidentes o no. ¡A veces uso faldas y vestidos!

Segundo, él tiene millones de seguidores. Mi fanaticada está mayormente en los círculos de Toastmasters en Puerto Rico, alguna en Facebook, y mucha en mi familia. Esa base es pequeña, aunque podría ampliarla si me decidiera a salir más, a escribir más, a hablar más (como si fuera posible).

Tercero, no tengo una carrera notable en la farándula. Aunque me hubiera gustado ser cantante. Si hubiera tenido las ganas verdaderas, me hubiera dedicado a cantar y a hacer llorar con canciones cortavenas y rompecorazones.

Mientras más lo pienso, más agradezco haber estado presente en el Coliseo esa noche. Comprendí el valor de la tenacidad; el de reconocer que fallamos y nos podemos levantar; el poder de reírme de mí y comprender lo cobarde que soy. Pero para hacer frente a esos bufones que se escuchan dentro de mi cabeza, un buen modelo de tenacidad y gozo es Daniel Habif. Es fácil escucharlo por tres horas. Pero hablar por tres horas en un escenario distinto cada dos o tres noches, eso es perseverancia, trabajo duro, ejemplo de vida. No tengo porqué compararme, pero puedo admirar sus ganas. ¡A ver si se me pegan un poco!

La abogada que escribe poesía

En 1994, me gradué de leyes de la Facultad de Derecho de la Universidad Interamericana de Puerto Rico. En septiembre del mismo año tomé la reválida por primera vez. Par de meses después, acudí al Muro de los Lamentos del Tribunal Supremo a descubrir que me había colgado, como tantos otros graduados. Entre 1995 y 2002, asistí cinco veces más a la reválida y visité cinco veces más el Muro con los mismos resultados de la primera vez. Aunque debo aclarar que en marzo de 1995 tomé únicamente la reválida notarial, ¡y la pasé! Pero, al final, el resultado igual. No pude ejercer la notaría, porque nunca pasé la reválida general.

La ironía de todo esto: desde 1994, hasta el presente me he dedicado a trabajos que me han permitido desarrollar mis conocimientos de leyes gracias a mi grado de juris doctor. Y es una ironía, porque sé de otros graduados que pasaron la reválida para luego perseguir otras carreras, porque la de abogacía no les llenaba. Yo, en vez de perseguir otra carrera, me mantuve en la misma. Y mientras escribo, me cuestiono de dónde salió la persistencia y tenacidad para tomar tantas veces la reválida, para mantenerme en una profesión que no puedo ejercer a cabalidad, para continuar día tras día. Quizás por el beneficio de verle los huevos al perro es que puedo ver la persistencia que he demostrado por todos estos años y es la primera vez que lo veo así.

¡Por tanto tiempo me sentí inepta e incapaz! La reválida fue una tortura, tanto estudiar para ella, como estar tres días en sus garras. Recuerdo una vez que llegué al lugar donde la ofrecían y me di media vuelta en la entrada. No me senté para no gastar uno de los intentos. Total, tortura igual.

Los desaciertos y las colgadas me hicieron un hueco en el corazón que con el pasar del tiempo sanó y cerró. Quizás con más tiempo del que debería haber gastado… Sin embargo, esta experiencia tan total y tan frustrante, me ha hecho estar donde estoy. Me ha dado herramientas para ser tenaz. Me ha permitido ayudar a tantas personas que es más mi agradecimiento por dicho fracaso que la frustración de no haber pasado.

Ahora, si tan solo fuera tan tenaz y persistente para dedicar más tiempo a la escritura, tendría un caudal impresionante de poemas eróticos, ensayos de protesta y novelas con finales no felices…

La mujer que muestra

Mi profesora de escritura creativa, al evaluar uno de mis escritos, me pidió que mostrara y no dijera (show, don’t tell). Llevo años sin entender esa expresión. Quizás la entiendo por unos segundos, pero nunca se me queda en la memoria como para sostener una conversación de su propósito y utilización.

Esa misma tarde, almorcé con mi hija Sofía y le expliqué mi dilema. Me contestó: –Mami, si el personaje está triste no lo digas. Describe cómo es que está triste.

¡Bum! Y lo entendí.

No es lo mismo “Eugenio, triste, se fue de la sala.” que “Cabizbajo, Eugenio sonrió de medio lado y con pasos lentos se retiró de la sala.”

Llevo tiempo escribiendo, más recientemente poesía, y ahora es que lo comprendo. Ratifico la sabiduría de Sofía. Recuerdo su delicadeza al explicarme, como para que no me sintiera mal por ser levemente obtusa. Sus ojos iluminados cuando dije “entendí”. Fue mi maestra, como tantas otras veces.

Mis hijos me han llenado de un amor que no pensé que sentiría. Y ahora de adultos a veces no puedo creer que hayan nacido de mí. Que sean mis maestros me llena de gozo indescriptible. Días tan sombríos como estos, se disipan al recordar lo que mis hijos aportan a mi vida. Sí, ya sé que no hay que tenerlos para sentirme realizada. Pero cuando ya tienes hijos, es mejor disfrutarlos y aprender de sus intervenciones en tu vida.

Algún día ya no estarán. Algún día ya no estaré. Pero sonreiré, franca y abiertamente, levantaré el mentón y caminaré hacia mi grandeza de la mano de los recuerdos de mis maestros, Chris y Sofi.