¿Qué tal si me mantuviera silenciosa en un momento único de la historia?

A veces pienso que es más fácil seguir callada. Ya lo decía mi profesor de español de escuela superior: es más fácil seguir de largo cuando ves a alguien varado en el paseo de la autopista…

Estamos en momentos más históricos que de costumbre. El mundo está alborotado. La pandemia nos ha consumido. Nos hemos visto obligadas a suspender operaciones por un tiempo. Hay unas personas que dicen que si no aprovechas este tiempo no crecerás. El libreto del miedo es lo que ha imperado en otras. Para mí, estos momentos han sido difíciles por la aglomeración de situaciones que hemos presenciado. Quizás por eso vino la cuarentena, para que no viéramos la avalancha de sucesos que vendría de todas direcciones.

En mi caso el silencio es parte de mí. Evado el conflicto, porque por muchos años no supe cómo lidiar con él. Mi necesidad de que me aceptaran y el no poder expresarme cabalmente en situaciones emocionales, me llevó a silenciarme y a enfermarme. Si la tiroides que me removieron pudiera hablar tendría muchas historias que contar. Pero el peor silencio es guardar las emociones que me sobrecogían, ocultarlas por no saber qué hacer con ellas. Ese silencio es forzado, es una mentira, porque lo situacional no se reconoce, sino que se esconde. No hay la integridad de observar lo que ocurre en el momento que ocurre y aceptarlo, que es lo más sencillo. Porque evadirlo tiene consecuencias sombrías y, muchas veces, nefastas.

Todos tenemos un lado oscuro. En él depositamos lo que no deseamos ver, lo  ilegal, lo depravado, lo infantil de nuestra personalidad. Lo hacemos para que no nos juzguen como anomalías o como inadaptadas. Si tenemos reacciones violentas las ocultamos para no parecer desajustadas. Si tenemos algún asomo de discriminación lo negamos para que no digan que somos racistas. Si no nos gustan los niños lo disimulamos, porque ¿a quién no le gustan los niños?

Hace muchos años leí casi todo lo que había publicado Neale Donald Walsh hasta ese momento. En uno de sus tantos libros tenía una conversación con uno de sus amigos (de este mundo, no Dios) y hablaban sobre la honestidad. Su amigo decía que había que ser honesto aunque se fuera malcriao’ y Neale destacaba la importancia de ser honestos y expresivos desde un lugar de amor y no de la vaqueta. Aunque estoy plenamente de acuerdo con Neale, lo importante es la expresión y aceptación de mis reacciones y sentimientos para que permanezcan en la luz y no involucionen en mi lado oscuro. Creo en la importancia de primero reconocer lo que siento y necesito; y que expresarlo dará comienzo a conversaciones interesantes dirigidas a fortalecer o transformar mis creencias o diferencias. Me faltaría integridad si no reconociera ni aceptara mis temores, creencias y deseos.

Hoy te invito (si quieres, si deseas, si te funciona) a que observes cuán honesta eres contigo, cuántas veces callas y cuándo te atreves a expresar. Eres luz, electricidad, energía. Toma tu luz y arrójala sobre todo lo que tienes y lo que llevas. ¡Hasta sobre tu lado oscuro! Conviértete en la persona que deseas que otros sean, sé el cambio que quieres ver en otros. Todo empieza por ti.

El amor y el miedo tienen voces, ¿cuál de las dos deseas escuchar?

El compromiso de un coach es apoyarte a encontrar soluciones aunque no tenga todas las respuestas. Cuando el trabajo de una coach es efectivo, tú como cliente descubres que la respuesta está dentro de ti. Pero sola no hubieras podido encontrarla, porque muchas veces tus pensamientos limitantes o tus creencias erróneas te llevan por el Camino de No Continuar, o como yo le llamo: el Camino de la Amargura.

Cuando tu voz interna está alineada con el ego y sus miedos, nada de lo que oigas será para tu beneficio y será imposible escuchar la Voz de tu Sabiduría interna. Todas tenemos ambas, pero la primera te habla del tiempo tictac, como decía Stuart Wilde, y de lo poco que puedes hacer; y la Voz te dice que sí puedes y que hay posibilidades. La voz habla de limitaciones; y la Voz te habla de expansión e inspiración.

Durante mucho tiempo escuché la voz del miedo. Ese ruido interno hacía difícil que pudiera oír la Voz verdadera. Poco a poco descubrí que yo también tenía una Voz. Se me reveló al hablarles a otras personas. Solo la escuchaba para otras. La empatía, el amor y la compasión que sentía por otros, era la Voz la que los expresaba. Pero no me hablaba a mí, solo se comunicaba con las personas fuera de mí.

Un día escuché una pregunta poderosa: ¿Qué tal si le hablaras a una amiga de la manera que te hablas a ti misma? Y como por arte de magia me di cuenta que jamás les hablaría a mis amigas como me hablaba a mí misma. Comprendí el valor de tratarme como una amiga y comencé a escuchar la Voz dirigiéndose a mí, inspirándome y amándome. Me convertí en mi propia coach.

Te invito a que te preguntes cómo te diriges a ti, cómo te hablas y cómo piensas de ti. Si no eres amigable y amorosa contigo, quizás es tiempo de que comiences para que puedas escuchar la Voz de tu Sabiduría interna.

We are not that different

Today at 5 p.m. I decided to take a walk. Lately I have been exercising for 30 minutes, just to relax during this captivity period. I know, an hour is best; but 30 is better than nothing. To my surprise, my daughter Sofi came along, and we had a grand time even with social distancing measures. The day was sunny, windy, beautiful.

One of our neighbors had Sting’s “Dessert Rose” song full blast while exercising in her stationary bike. And Sofi asked me: “Is that Sting?” “Oh, you recognized him?” – I answered.

She replied: “Yes. But my favorite song of his is Ghost Story.” And we both started singing it on our way back.

Now I have it like a worm in my mind, and instead of washing my hands to the tune of Happy Birthday, I use some of Ghost Story’s lyrics:

“And all these differences

A cloak I borrowed

We kept our distances

Why should it follow

I must have loved you?”

– Ghost Story, by Sting

Sofi has the voice of an angel.

En el medio

Cuento de 99 palabras (Reto de Editorial Narra, 17/3/2020)

Bajé la escalera con cuidado. Paso a paso, me acercaba al fondo donde encontraría lo que buscaba. El silencio ocupaba gran parte del espacio y lo único que se escuchaba era el taca-taca de mis zapatos. Me detuve en el último escalón. Tres pasos más me dejaron ver lo que ocurría. Poca luz. Silencio. Perfume desconocido. Algún aroma familiar. Un espaldar rojo contra una superficie oscura. En el medio de la recámara, algo me aguantó. El nerviosismo que sentí me inutilizó las manos. Ya no podría agarrar nuevamente ese vaso que contenía el líquido preciado de los dioses: whisky.

¿Qué hago si el miedo se acomodó a mi lado?

Cuentan de un sabio que una noche, mientras meditaba, vio cómo se acercaba el fantasma de la Varicela a su aldea. Alarmado, le pidió al fantasma que se alejara. El sabio le rezaba a su Dios y no era justo que los aldeanos murieran por causa de la varicela. El fantasma negoció: tengo que llevarme a tres de ellos para cumplir con mi trabajo. El sabio, resignado, aceptó. Los primeros días murieron tres personas. A la semana murieron cinco más y cada día seguían muriendo hasta que los pocos que quedaron vivos salieron corriendo de la aldea y desaparecieron. El sabio meditó profundamente e invocó al fantasma para recriminarle. -Me engañaste,- le dijo cuando apareció. El fantasma, ofendido, le contestó: -¡Yo cumplí mi palabra! Solo me llevé a tres. Los demás se murieron de miedo.-  

Anoche encontré esta historia y me pregunté:

  • ¿Cuántas veces he muerto de miedo en mi vida?
  • Procrastinar, ¿me apoya a vivir una vida más plena? ¿O me hace morir de miedo un poco cada vez?
  • ¿Estoy dispuesta a vivir con miedo y a hacer las paces con él?

Reflexioné durante la noche que mientras permito que el miedo dicte mis acciones, siento que no aprovecho mi vida. Y vida desaprovechada es muerte.

Cada vez que evado ser honesta con misma, por miedo, es una oportunidad perdida a vivir desde un lugar de integridad y es difícil encontrar paz en esa evasión.

Postergar rima con matar y eso es lo que hago cada vez que dejo para después acciones dirigidas a atraer mis sueños a la dimensión de este planeta.

El miedo no se fue porque haya reflexionado en él y sus efectos en mí. Ahora sentada lo siento acomodadito a mi izquierda. Me pregunto si debo convivir con él o si debo invitarlo, suavemente, a que se separe un poco de mí mientras yo inyecto vida a mi existencia y a mis sueños…

La procrastinación resucita como Jesucristo.

En uno de mis episodios anteriores, escribí sobre lo que significaba para mí el posterguicidio: acción y efecto de matar tus metas y sueños interrumpiéndolos constantemente con actividades dirigidas a no hacer; procrastinación extrema, postergar más allá de postergar. Mi amiga Mariely comentó que ella pensó que era la muerte de la postergación. Muy interesante su punto de vista. Es como matricidio, dar muerte a la madre. O parricidio, muerte al padre; o suicidio, muerte a misma.

Aclaro en este episodio: la postergación no muere. No hay manera de asesinarla ni ahogarla. Puede aliviarse o dormir una siesta; puede esconderse juguetona detrás de un proyecto. Quizás guiñarte un ojo detrás de un pensamiento, como para decirte: “dale, sigue que te espero en la esquina.” Pero morir, eso no. Aún ahora, que estoy en acción y escribo este episodio, busco la manera de cerrarle la puerta. Pongo el pie entre el marco y la puerta, pero se asoma. Me cubro los ojos para no verla y las manos dejan de teclear para añadir palabras. Me cubro la boca, como para no gritar mi decepción y lo que hago es detener el flujo de las oraciones. Me cubro los oídos, porque siento una risa liviana y cristalina, casi imperceptible, pero presente. La sensación de frustración parece eterna.

Me digo: continúa, escribe, espera cinco minutos… espera diez… aguanta, escucha, mira. Ella va y viene, resucita como Cristo y, como Él, es perenne, amigable; porque si fuera frágil y violenta sería fácil rechazarla. Decido mantener mis manos en el teclado para no evadirla con mis sentidos y la acepto como se aceptan los defectos de un buen amigo, con amor y dulzura, aunque apriete los dientes.

Para mí, esa es la manera más efectiva de tratar la procrastinación. Contarle de mis proyectos y de mis acciones dirigidas a completarlos -como un comentarista de radio que describe la acción que ocurre frente a él. Tratar la procrastinación como si fuera mi estudiante. Hablarle para que reflexione sobre mi enseñanza y pedirle que guarde silencio mientras actúo, mientras me expreso, mientras sueño.  Espero llegar a quince minutos, que solo van diez…

Soltera, feliz y en paz con Cupido

Este día de San Valentín celebra el amor desde la soltería. El primer amor te lo debes a ti. Cuando te amas, es más fácil amar a los demás. Te ofrezco algunas sugerencias para que este día sea de felicidad y alegría:

  • Si la vas a pasar en casa, cocina una cena para ti y disfrútala en presencia, con todos tus sentidos. Saborea cada bocado con premeditación. Utiliza algunos de los ingredientes afrodisíacos que  recomendó Tu Chef Rebecca en el programa radial Dale mente en 1140 am. Arúgula, almendras, fresas y tu mente… Puedes encontrarlos en Facebook. (Sí, ya sé. Quizás pienses que afrodisíaco y soltería no van de la mano. Te sorprenderías…)
  • Lee una novela de amor (no de romance). Te recomiendo The Museum of Modern Love de Heather Rose, una novela inspirada en la hazaña de Marina Abramović en el Museo de Arte Moderno de Nueva York en el 2010.
  • Organiza un friend date. Me reúno con amig@s querid@s dos jueves al mes. Empecé a reunirme con dos amig@s y ya somos cinco. Nos tomamos una copa de vino y nos deleitamos de nuestra compañía. Llenamos nuestro tanque de amor, como diría Yesenia.

Disfruta el espacio en el que estés en este San Valentín. Reconoce tus deseos y anhelos. Goza con tu soltería, tus amistades y tu familia. ¡Lo importante es que celebres el Amor, éste y todos los días!

Posterguicidio. Otra palabra para procrastinar.

Quien no actúa, no tiene evidencia de transformación.
-Marinés Rivera

“Action comes first”, eso dijo Ina Coveney durante una clase que tomé con ella recientemente. Para Ina actuar es primordial para ser efectiva, para encontrar tu nicho, para comenzar un negocio. Ya lo decía una mujer sabia: quien no actúa, no tiene evidencia de transformación. ¡Ah! Eso lo dije yo. Pero no porque lo haga…

Mi lado izquierdo del cerebro es bastante ruidoso. Es la parte analítica y lógica de mis pensamientos. El lado derecho me hace ensoñar con lo que vislumbro en los rincones escondidos de mi corazón. Pero ninguno de estos lados cerebrales está diseñado, en mí, para actuar. Si me levanto por las mañanas con la idea de meditar, interrumpo para tomar café primero porque tengo que despertar. Si deseo agendar una hora para escribir un episodio de mi blog, aprovecho primero para tomar una siesta; el descanso me hará escribir con más claridad. Actividades dirigidas a no hacer o a interrumpir. Qué ironía.

‘Actuar primero y luego afinar’ es una expresión que me causa una ansiedad que se refleja en lo mucho que he tardado en escribir esta oración. Comencé, postergué, me detuve. Fui al baño, regresé, me distraje. Al fin completé. Wow (en español guau). Eso fue “actuar” según mi mente. ¡Claaaro!

Se me ocurre inventar que cometo posterguicidio: acción y efecto de matar tus metas y sueños interrumpiéndolos constantemente con actividades dirigidas a no hacer; postergar más allá de postergar. Y ahora me pica un pie y dirijo mi atención ahí para no escribir. Interrumpo. Escribo y vuelvo a sentir el picor. Interrumpo. Y evado completar una tarea que me aproxime a cumplir algún deseo acunado en mi pecho o a escribir algún mensaje que pueda alegrar a otros.

¿Ansías cambiar de trabajo? ¿Corriges tu résumé una y otra vez y no lo distribuyes? Déjame decirte que eso es posterguicidio. ¿Quieres robustecer tu lista de correos electrónicos para ampliar tu negocio y le das largas y más largas? Posterguicidio. Y no hablemos de las relaciones natimuertas por el posterguicidio mayor “estoy ocupada (con nada)”; postergación por estar “ocupados” más allá de alguna ocupación real. Y todo porque no te atreves, porque no te arriesgas, porque no actúas.

Actúa primero y descubrirás lo que funciona para tu trabajo o negocio. Actúa y descubrirás misterios que desconoces y te harán vibrar. Actúa y obtendrás evidencia de tu transformación. Actúa, aunque seas experta en posterguicidio, actúa.

Si la montaña no va a Mahoma haz que Mahoma venga a Puerto Rico

Durante el pasado mes de noviembre llamé a mi hijo para recriminarle. Ya habían pasado 3 años desde su último viaje a Puerto Rico. Admito que quizás le subí dos a mi tono para que él se sintiera culpable y viajara a verme. Él, con su acostumbrada honestidad, me contestó: Mami te entiendo, pero no me gusta tu tono.

Semanas después recibí un mensaje con su itinerario de vuelo. Vendría para mi cumpleaños. ¡El mejor regalo!

Su viaje fue de pocos días y transcurrieron más rápido de lo que se suponía. Llegó y se fue. Y su partida me dejó una grieta en el corazón que no creo que cierre ni con epoxi. Pero en nuestros andares por lugares familiares o desconocidos me sentí protegida con su compañía cuando debió ser al revés. Viajé en el tiempo al recordar cuando salíamos los tres juntos: Christian, Sofía y yo.

Si mi poder de persuasión fuera tan bueno conmigo como fue con Christian, ¡tendría tantos proyectos completados! Para empezar, ya habría rebajado 20 libras. Tendría varias novelas publicadas. Mi práctica de mentoría tendría más clientes a quienes favorecer. Quizás hasta estaría iluminada como Buda, amaría incondicionalmente a todos los seres sintientes y tendría 600 conventos unisex establecidos para el beneficio de toda la humanidad.

(Es hora de cambiar mis pensamientos limitantes o derrotistas. Ahora que lo escribo imagino un espacio mental silencioso que puede ser la zona donde restablezca una conexión con mi yo auténtico, ese que desea florecer para transformarme.)

Durante su viaje a Puerto Rico Christian reconectó con su familia y vi al hombre amoroso y protector que vislumbré desde que lo vi por primera vez. Sé que él recargó sus baterías y se fue con el corazón repleto de nuestro amor y alegría. Valió el esfuerzo persuadirlo para que nos visitara. Comprendí que siempre vale el esfuerzo cambiar. Siempre vale el esfuerzo amar.

Todo es un desastre

¿Será verdad? Los temblores de estos días son ocurrencias naturales que provocan desastres en estructuras y por consiguiente pueden ocasionar daños a los humanos y animales que pululamos cerca de ellas. (No lo dije yo. Lo escuché por radio.)

La naturaleza no responde necesariamente a nosotros. Responde a su necesidad de acomodar las cosas para el mayor bien y a su gusto. A veces eso implica una transformación leve y otras hasta una extinción. ¡Claro, el martes pasado a las 4:25 de la mañana sentí que su necesidad no era de acomodo sino de extinción!

Los temblores se parecen a las crisis de todo tipo que sufrimos y nos cambian la vida. Unas veces el cambio es pequeño y no lo sufrimos tanto. Otras veces el cambio implica apagar lo viejo o lo que hace daño. Los cambios son oportunidades para enfrentar la vida de una manera diferente o para hacer algo que no hayamos hecho antes

Nuestros hermanos y hermanas del sur de Puerto Rico están sufriendo cambios drásticos en sus panoramas físico y mental. Muchos han perdido el uso de sus casas, otros han perdido el uso de las facilidades donde trabajan. (Pero estoy segura que todos lucharán con sus compañías de seguro para que respondan oportuna y rápidamente ante la emergencia…)

Mientras, la gente dentro de la parte menos afectada de Puerto Rico respondió al llamado de apoyo de una manera más efectiva que el propio gobierno. Los grupos de ayuda poco han pensado en su beneficio y bienestar, y se concentran en darle cátedra a los políticos y al mundo de lo que es unión y compasión.

No podemos pronosticar temblores ni trazar trayectorias certeras de algún huracán que se avecine. Sí podemos repensar la inevitabilidad del cambio. Reflexionemos sobre nuestra reacción ante la adversidad o cómo fluir ante lo inesperado. En estos días, eso incluye dormir a la intemperie para sentirnos más seguras y tranquilas.