Cómo liberarnos de la ignorancia

¿Se puede estudiar lo que sea? ¿Aprender lo que sea? ¿Desarrollar lo que sea?

Hace un par de semanas tuve una cena entre amigos donde hablamos del sentido del humor, de que unas personas lo tienen y otras no. Pero yo, aunque no puedo describir cómo lo tengo, les dije que todos podemos desarrollar el sentido del humor y la manera en que contamos nuestras historias para hacerlas más graciosas. Rápidamente “noooo, no es posible. Hay unos que nacen con eso.”

Yo dije que cualquiera que desee puede estudiar algo o aprenderlo o desarrollarlo, siempre que tenga la motivación o el deseo de hacerlo. Definitivamente, noes en la mesa. Uno de ellos explicó que él había nacido arquitecto y que estudiarlo no lo había hecho mejor, solo lo había confirmado. Yo traje el ejemplo de mi hija, que nació con lápiz integrado y dibujaba desde bebé. Sin embargo, sus estudios de arte han permitido que su capacidad genial se desarrolle a otro nivel. Es una artista maravillosa, porque se ha dedicado a estudiar su arte. Una de mis amigas trajo el ejemplo de mi hijo que siempre deseó dibujar, pero no tenía la habilidad de un artista. Lo trajo como ejemplo de que no todos tienen la capacidad. Y es cierto, pero en el caso de mi hijo él no ha tomado clases de dibujo y por lo tanto no ha podido desarrollar su motivación interna. Mi papá diría que todos pueden dibujar, hasta mi hijo.

¿Por qué pienso que todos pueden desarrollar o aprender algo? Porque lo creo para mí. Y como lo creo para mí lo quiero para todos. Si tengo conocimiento de algo lo comparto, porque todos deben saber de qué maneras se pueden atrechar caminos. Al final siempre descubro qué funciona para mí y qué no. Pienso que eso mismo les sucede a otras personas. Aprenden algo y si les funciona, lo utilizan. Si no, lo descartan. Pero para hacer esa evaluación es requerido estudiar, aprender, facilitar el conocimiento propio para luego escoger. Recientemente, un maestro indicó que la ignorancia sólo se elimina con el conocimiento. Es el estudio, la preparación y la experiencia lo que nos lleva a conocer. Por ejemplo, si yo no preparara talleres y hablara ante un público no sabría que el miedo es superable.

El estudio debe ser vasto y repetitivo. Una sola vez no es suficiente. Muchos caminos te llevan, te inspiran te alivian la ignorancia; pero repetir una y otra vez te da conocimientos nuevos, perspectivas nuevas. Es como ver una película varias veces. Siempre hay algo que no viste la primera vez o una nueva comprensión cuando la ves después. Un libro igual. Aunque no me gusta releer libros, cuando lo hago me pregunto “¿de veras leí este libro?”, porque siempre encuentro algo que no vi o siento que no lo había leído bien.

Sí, todos somos diferentes. Tenemos fortalezas, virtudes, debilidades, defectos. Hacemos actividades que nos gustan de mala manera. Otras veces realizamos actividades desagradables de manera eficiente, quizás perfecta. El conocimiento nunca se desperdicia, pero para que se fije hay que repetirlo, validarlo, experimentarlo, modificarlo y volverlo a ver. Siempre tenemos la capacidad de mejorar, transformar, cambiar, aprender. Solo activando la curiosidad de ver qué más hay sabremos qué nos puede apoyar y qué no.  

De esa manera podremos resolver la ignorancia que nos mantiene solo en nuestra percepción. Y eso es liberación.

Es momento de sostenerte en tu palabra: ¡conversa!

Durante el tiempo que estuve casada se me hacía difícil iniciar conversaciones difíciles. Nada más de pensarlo vivía angustiada previo a hacerlo. Aun entre desconocidos, si otra persona comenzaba, yo escuchaba atentamente lo que tuviera que decir y decía que sí a lo que fuera para no prolongar la confrontación. Un día en mi trabajo alguien preguntó si se podía hacer “x” cosa. Yo contesté impulsivamente que sí. En privado, me llamaron la atención, porque para hacer “x” era mejor hacer “y” primero.  Yo contesté “tienes razón”, para no prolongar la confrontación ni el regaño.

¿Les dije que me incomodan las conversaciones difíciles?

Para descubrir si era posible cambiar ese disco rayado de dificultad a confrontar, decidí estudiar. Desde cómo conversar hasta cómo escuchar y todo lo que hubiera en medio. A ver si podía moverme de ese espacio de incomodidad. En el camino descubrí que nadie nace amando las conversaciones difíciles. ¡Empezamos mudas de palabras! No somos como los potrillos o los cachorros que apenas nacen relinchan o ladran y en minutos caminan y casi, casi se independizan de sus madres. No. Los humanos y humanas somos dependientes, lloronas y aportadoras de desperdicios. No es hasta que empezamos a imitar a los adultos que comenzamos a utilizar palabras. Si a los adultos se les dificulta conversar o si les resulta fácil manipular o engañar, a los menores les resultará fácil imitar lo que ven y experimentan.

¿Qué encontré para mí? Descubrí que puedo utilizar el método de la contrariedad. Primero acepto que estoy en una conversación difícil, que no quiero tenerla, que no quiero confrontar, que no deseo emitir palabras. Segundo, reconozco que debo hacer algo contario a mi zona de comodidad (que es la de evadir confrontaciones). Tercero, lo hago. En este caso me quedo a enfrentar lo que antes temía.

Y este método tampoco es fácil. Recientemente tuve una conversación con un cliente. Hice una sugerencia y le invité a ponerle fecha a uno de sus proyectos. Me miró como si yo fuera una extraña y se quejó: ¿por qué traes ese tema? Tomó mi sugerencia como algo negativo, como algo que yo no debí traer a la conversación, a pesar de que era parte de lo que habíamos delineado como el trabajo que deseaba realizar dentro de un intervalo específico de tiempo. Le apreté un botón y él a mí; nos estábamos estirando fuera de nuestras zonas de evasión. Yo tardé en reaccionar, pues mi primera respuesta fue darle la razón, sí sí sí… Hasta que practiqué el método de la contrariedad y recordé que tenía que salir de mi zona de evasión, especialmente porque es un cliente que cuenta conmigo para subir de nivel en su vida profesional. Lo interrumpí y con preguntas lo llevé a recordar el momento en que delineamos nuestra colaboración. Su mirada de arrepentimiento me lo dijo todo. Yo no le recriminé, pero silenciosamente le di las gracias por darme la oportunidad de pararme en el poder de mis palabras. Retomamos mi sugerencia y le pusimos fecha a su proyecto que llevaba mucho tiempo en la fase de “pensamiento” y no pasaba a la acción.

Para mí era ideal evadir conversaciones difíciles. Todavía, aunque sé los beneficios de enfrentar, prefiero ponderar y pensar y quedarme ahí. Pero no necesariamente es una zona cómoda libre de sufrimiento. Es una zona incómoda a la que me he acostumbrado. Por eso el método de la contrariedad es uno que proviene de la consciencia que desea transformar y no del ego que desea alimentar el miedo y requiere más labor. El ego y la mente buscan siempre el camino de menor esfuerzo. Poco a poco, continuaré con el método hasta lograr conversar en ecuanimidad y amor, hasta hacerlo sin pensar.

Consentir a mis demonios

Hace unas semanas un amigo muy querido me confesó que odiaba a su papá. Lo escuché y era mucho su dolor al hablar. Hablaba de su padre con adjetivos irrepetibles. Pregunté por qué lo odiaba, pero era como si no pudiera expresar claramente sus razones para odiarlo. Quizás el maltrato fue tanto que no podía describirlo. No pude intervenir mucho en la conversación. Era más bien un desahogo. Pero me hizo reflexionar sobre mí. Me di cuenta que esa no es la reacción que deseo tener hacia mis padres. Y al final, en cuanto a nadie, ni siquiera hacia mí.

En el libro Feeding your Demons, de Tsultrim Allione, la autora habla de la necesidad de alimentar nuestros demonios, cuán importante es encargarnos de ellos. Eso lo hacemos al mirar nuestros odios y adicciones, reconocer dónde los alojamos o los evadimos. Guardarlos solo nos deposita energías negativas en el cuerpo y en la mente que luego se convierten en enfermedades. Evadirlos no funciona ni a la corta ni a la larga. Es lo mismo que prolongar una conversación difícil: el estrés de posponerla es más extenso que la conversación misma.

A mi hija, en una de sus clases de arte, alguna vez le pidieron que dibujara los sentimientos que padecía. Esos dibujos fueron creativos, espeluznantes y liberadores. Le dio cuerpo a lo que la agobiaba. Según el libro, primero le das una forma a ese demonio. Luego le preguntas qué desea. Al final te conviertes en lo que quiere y se lo ofreces. Al alimentarlo se satisface y se convierte en tu aliado. O aliada, porque puede ser demonia – hay que ser inclusiva.

Esto ocurre en todas las etapas de mis vidas, como hija, como mujer, como profesional. Lo que oculto o lo que evado, se agranda y luego es más difícil manejarlo. Y no es suficiente comunicarlo si luego no me encargo, si no reconozco que es mío y que los estímulos externos no son los culpables. Son solo los reflejos de lo que llevo internamente y que no puedo ver con mis propios ojos. Gracias a que mi amigo ventiló pude reconocer algo de lo que llevo dentro y espero manejarlo para que esos demonios no me coman sin mi consentimiento.

El cotorreo: tu mensaje y cómo hacerlo más efectivo

Parte de mi rutina mañanera es meditar.  En los últimos meses, unas cotorras realengas se mudaron a uno de los árboles que queda justo detrás de mi cuarto. Como viven en comunidad les encanta hablar todas a la vez. En la mañana. Mientras medito. Ya entiendo cuando mami decía que mis amigas “hablaban como cotorras”.

Mis cotorras mañaneras me han hecho reflexionar sobre la generosidad al hablar o al callar. Quizás tienes un amigo que se lo habla todo o tú seas esa amiga que no se calla. Quizás guardas silencio para no ofender o porque no te atreves a comunicar. En mis reflexiones me di cuenta que soy las dos dependiendo de con quién esté o de que esté en un momento apasionado de mi vida. Soy la que calla, soy la que habla hasta morir, soy ambas.

Ante una audiencia es necesario expresar, comunicar y ser lo más clara posible para que el mensaje llegue tan cercano a como la autora lo diseñe. En estos tiempos donde se publica tanto (de acuerdo a mi estudio empírico en Google, se publican más de 7.5 millones de episodios de blogs al día) tenemos una oportunidad única de ser parte de ese conglomerado de autores. ¡Podemos escribir o cotorrear de lo que se nos ocurra! “¿Pero cómo lo hago?” – es una de las preguntas que más escucho.

Escribas un episodio, un libreto o un discurso, para mí es importante lo siguiente:

  1. Sentarte a escribir. Sí ya sé, esta parte cuesta. Estoy acostumbrada a la distracción de ver mi celular cada dos segundos, de levantarme a la cocina para buscar un brownie, de ver los primeros cinco minutos de una película a ver si me gusta y si no cambiar de plataforma para ver otra cosa… Escribir requiere reflexionar y poner en la pantalla las palabras que, unidas, hagan sentido. Para ello, debes salirte del medio y permitir que salga lo que desea ser expresado, como dice Anne Lamott en su libro Bird by Bird. La mejor manera de salirte es sentarte.
  2. Cuenta algún cuento. Llevar historias de un lugar a otro era la función de los juglares en la Edad Media. Cantaban, recitaban, bailaban. En fin chismeaban y así las comunidades se enteraban de lo que estaba pasando en otros lugares. Nuestro cerebro y nuestra curiosidad se enganchan con historias y eso hace que el mensaje sea más fácil de digerir.
  3. Evalúa tu propósito. Que puede ser cualquiera: entretener, informar o persuadir. Decir algo que llevas en tu corazón. Ser de beneficio para alguno de los siete billones de habitantes del planeta. Vender un producto. Observar tu propósito apoya a hacerle una verja a tus pensamientos desbocados y utilizar solo aquellos que fomenten tu mensaje.

Finalmente, detrás de mis recomendaciones me parece que se encuentra la generosidad. Pensar en nuestra familia, amigos y clientes, y compartir experiencias y lecciones aprendidas, es una manera de contribuir a su vida. Te invito a que seas clara y enfocada en tu cotorreo. Verás tus cotorras alzar vuelo.

Cómo vivir cada día como si fuera el último (¿Qué necesito? Parte II)

Hace 5 años participé de un accidente aparatoso en un carro ajeno. Todos los años a partir de entonces celebro, me remonto a esa noche y pienso “pude haber muerto”. Mi amiga Charo dice que con los avances en la tecnología de autos era muy poco probable que muriera. Pero esa noche estuve más cerca de la muerte que otras veces.

Cuando me pregunto qué quiero en la vida mi primera respuesta es “vivir”. Si me pregunto qué necesito, me contesto “todo lo necesario para vivir”. Esas respuestas no son tan efectivas ahora como me parecían antes. Hace unas semanas escribí que este deseo de verificar lo que quiero y necesito comenzó con comunicar. Durante mi época de descubrir el cáncer, me propuse comunicar y dejar de callar. Decir lo que quiero y lo que no. Expresar lo que siento. En fin, hablar en vez de silenciar, porque callar es lo más fácil para mí. Pero no lo he hecho tan efectivamente como me lo prometí.

Quizás por eso la pregunta de lo que necesito fue tan reveladora y me dejó en silencio. Aunque sencilla, tuve que sentarme a considerarla. Es fácil vivir automáticamente: levantarme, recoger mi casa, ir al trabajo, ver televisión. Vivir en automático es una zona cómoda que solo requiere mantenimiento y pretender que nada cambia o evoluciona. Pero vivir desde un punto de comprensión de lo que necesito y deseo requiere voluntad e interrupción. Requiere inconformidad con la zona de comodidad.

Decidí tomar acción en tres pasos:

  1. Todos los días dedico media hora en la mañana a reflexionar sobre lo que quiero y cómo me siento con respecto a mis deseos y necesidades.
  2. Escribo un poco sobre lo que me limita y cómo puedo superarlo. He descubierto creencias limitantes que no sabía que tenía.
  3. Traigo a mi consciente esas limitaciones que descubro para ver cómo manejarlas o simplemente observarlas. Luego de escandalizarme por reconocerlas, el alivio que surge provoca paz en mi corazón.

Ese proceso me apoya a vivir cada día de una mejor manera, un poco más despierta. Aunque quizás no como si fuera el último día.  Me parece que hay que tener un desespero genuino que solo se logra si de verdad supiera que es el último día o luego de un accidente aparatoso en el que se pueda apreciar detalladamente la fragilidad de la vida. Sin embargo, no hay que esperar al desespero o a lo aparatoso para vivir tu mejor momento ahora. Puedes vivirlo si te dedicas el tiempo para reconocer lo que necesitas y deseas.

¿Qué necesitas?

“¿Qué necesito?”

Hace unos días tuve una sesión con una coach de meditación que me dejó patidifusa. Luego de llevar 20 minutos conversando, me preguntó que cuáles eran mis necesidades. Pregunta sencilla. Me detuve y pensé sobre lo que considero mis necesidades y mi diálogo interno respondió “no necesitas nada”. Pero mi cuerpo se rebeló ante la lenta comprensión de que sí deseo y necesito, más allá del consabido “quiero ser feliz”. No pude contestarle a Sarah.

Todo comenzó con mi deseo de ser una mejor comunicadora. Hablar no es cuestión de abrir la boca y ser “auténtica” diciendo todo lo que se me viene a la mente, porque soy así, “honesta y sincera” siempre. Eso demuestra no tener sentido de empatía hacia otros y no me funciona. Mi opinión de los demás tiene que ver conmigo. Comunicar requiere comprensión interna, locuacidad propia, mirar con el corazón primero. Requiere escuchar, intimar, meditar. Procesar y reflexionar. Requiere voluntad. Puede ser por unos segundos o por toda una vida. Requiere decidir comunicar lo importante, como tus deseos y necesidades.

Comunicar va más allá de hablar. Requiere entender para hacerme entender. Sí, ya sé que cada cual interpreta como desea y como está alambrado; pero podemos lograr entendimiento mutuo si observamos el individual. Entenderme, internamente, es el comienzo para conectar, que es lo que deseamos al final: establecer una conexión efectiva con quienes nos relacionamos. ¿Cómo comunicas? ¿Para qué comunicas? ¿Deseas expresar lo que sientes o manipular a otros? ¿Persuadir o engañar? ¿Conoces el propósito de lo que comunicas? La contestación a estas preguntas es para ti, la honestidad aquí es interna. Es fácil mentir a otros; quizás necesario en algunos casos. Sin embargo, tener integridad personal al momento de contestar cualquiera de esas preguntas requiere interrumpir los pensamientos desbocados y las creencias limitantes ubicadas en tu mente. Reconocer lo que procesa tu interior y luego expresarlo de manera efectiva y entendible (si es necesario comunicarlo) es un asunto individual y podemos aprenderlo. Hacerlo es beneficioso para el resto de la humanidad.

¡No me comprenden cuando hablo!

¿Alguna vez has dicho algo claramente solo para darte cuenta de que tu oyente entendió otra cosa? Eso me ha pasado varias veces, por no decir la mayoría del tiempo. Pero en estos días de Mercurio retrógrado me ha sucedido más (y lo que falta: hasta el 20 de febrero). Estas oportunidades me sirven para analizar qué estoy comunicando y cómo, para tomar medidas cautelares que beneficien al receptor de mi mensaje. Estas oportunidades me permiten interrumpir mis comunicaciones desbocadas y permanecer en presencia para detenerme antes de hablar. Estas oportunidades son ideales para analizar mi estilo de comunicación y comprender si es posible mejorarlo.

Nuestro sistema de comunicación es el más complejo de todas las demás especies que podemos encontrarnos en el camino. Comunicamos con la palabra, con el cuerpo y con lo que hacemos. Generamos una cantidad de información diaria por persona, por grupos y por comunidades que es difícil para cualquiera sortear tantas letras y sus combinaciones para poder comprenderlas. (Por eso la invención de inteligencia artificial ha venido a apoyar con el manejo de información – entre otras cosas). Bastará una visita a una biblioteca o una librería (si recuerdan la vida antes de Google) para tener un atisbo de lo que puede ser una acumulación de información organizada. Para ejemplos de acumulación desorganizada, basta mirar mis libreros con numerosos libros y folletos y libretas y qué sé yo cuántas cosas más.

Podría pensar que con tanta información disponible al estirar la mano, mi dominio al comunicar sería impecable. Pero los ejemplos que di al inicio de este escrito son prueba de que lo que pienso y los resultados son dos cosas diferentes. Es frustrante tener este tipo de habilidad para hablar y escribir y amar, ¡y que los demás no me entiendan! Pero la calma tiene oportunidad de reinar al reflexionar – aleluya. Me percaté de las herramientas que utilizo en esos momentos y me alivié.

Primero, en momentos de incomprensión externa (cuando mi oyente no capice) respiro y me detengo. Nunca he sido de las personas que dispara de la baqueta. Mis pensamientos tienen que ver conmigo y, como las palabras no se las lleva el viento, escojo lo que digo para que sea lo más efectivo que pueda decir – según yo.

Segundo, en voz alta me cuestiono y analizo lo que dije. Aunque puede sonar que es una pregunta para quien que me escucha, realmente es una interrupción para que viaje por mis oídos hasta mi cerebro. Esto me permite detener mis pensamientos y estar en el momento presente para evaluar lo dicho desde el “ahora”.

Tercero, le pregunto a mi oyente qué fue lo que entendió del mensaje que expresé originalmente. Así como yo interpreto el mundo y lo que me sucede desde mi perspectiva, ¿saben qué? ¡Cada una de las personas con las que interactuamos hace lo mismo! Por lo tanto, ante la duda saludo y pregunto. Esto es particularmente difícil para una persona que cree saber cómo comunicar y que en efecto sabe todas las cosas del mundo y sus siete billones de habitantes y que me hago entender y que todos entienden – yo.

Dejo el sarcasmo a un lado (difícil) y me río (fácil) al comprender que puedo utilizar nuevas herramientas para interactuar con el mundo. Que todos los días traen nuevas oportunidades para probar nuestras creencias y teorías.  Que siempre puedo escoger una manera diferente de comunicar mi mensaje.

Si te has sentido incomprendida alguna vez en tu vida, cuéntame en los comentarios. Espero poder apoyarte a utilizar tu voz para ser una mejor comunicadora. ¡Unidas podremos salvar al mundo de la incomprensión! Bueno, quizás a unos pocos. La comprensión hay que desearla…