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El drama luciferino del juicio al perder un trabajo y otras dificultades

Mi hermana Teresa (María Teresa) y yo tuvimos una conversación de hora y media. Como tantas otras. Ella está pasando por un reto de vida: hace unas semanas la despidieron de su trabajo y está procesando la frustración y ansiedad que ello conlleva. Ese fin fue brusco y no querido, pero para mí fue bienvenido. Tere lleva años bregando con retos de salud ocasionados por el estrés del trabajo y esta es una oportunidad para recuperar la salud perdida. Pero esa es mi opinión, porque a mí me agobia el estrés por mi trabajo y no puedo dormir en las noches y quién soy yo para pensar que para Tere es mejor que la hayan despedido… Egoístamente juzgo que es lo mejor para ella desde mi perspectiva. Si me hubiese ocurrido a  mí estaría llorando por las esquinas de algún barrio olvidado por Dios y Lucifer.

Qué fácil me presto a opinar de la vida de otros sin tener la empatía de sufrir lo que sufren. Y no digo que me haga el drama luciferino de lo-malo-que-es-Dios-conmigo-y-los-demás. Me refiero a ponerme en los zapatos del otro, a identificarme un poco con el dolor ajeno, a detener los pensamientos y palabras de juicio que puedan desprenderse de mi mente o mis labios.

¿Dónde ubicarme en estos escenarios cotidianos de crisis y calma donde es a otras personas a quienes les suceden situaciones que yo no deseo experimentar? ¡Me ubico en el lado del miedo! Y todo por no aceptar que las situaciones pasan, que las crisis pueden venir e irse, que viajo entre dramas propios y ajenos, y que NO me he muerto a causa de ninguna de ellas.

Recordé que me pasó lo que está viviendo Tere hoy; que he llorado por alguna película triste; que me ha carcomido la inercia. Y todo lo que he vivido me ha mostrado que nuestras cicatrices son similares; y que puedo sentir empatía por otras personas y tener compasión conmigo.

Durante nuestra conversación, repasamos el conocimiento que hemos adquirido de nuestras incontables batallas y recordamos que tenemos que ponerlo en práctica. Entonces le di una asignación a Tere para hacerla en estos días. Dividí su tarea en 9 pasos para que tenga estructura y claridad. Ella me dio una asignación también, pero como yo no tengo ni estructura ni claridad, he estado serpenteando con la tarea. (Ya Tere me sugirió que me puede delinear 9 pasos que me hagan trabajar…)

Pero de eso se trata la empatía: de estar ahí para alguien, de aprender mutuamente, de comunicar anhelos y temores, de soltar el juicio. Y, al final, de amar y amarme.

Es posible volar aunque no tengas alas

Anoche presenté uno de los peores discursos que he dado en Momentum Toastmasters. ¡Ba! ¡En cualquier club Toastmasters! El proyecto consistía de hablar sobre mi estilo de liderazgo y utilizar historias que lo ilustraran. Hace semanas, cuando lo leí, me vino la idea rápidamente a la cabeza y de ahí la desarrollé. Pero la ejecución no fue ni organizada ni clara; y como me estaba evaluando al mismo tiempo que hablaba, tenía unas pausas extrañas ¡horripilantes! Me esforcé por aparentar que no me estaba evaluando y fue peor. Cualquiera pensaría que con el triunfo de la nueva Miss Universe 2020, hablar de liderazgo sería pan comido para mí. Pero fue una comía de otra cosa…

Cuando llegué a casa, medité sobre mi desempeño y comprendí que había hecho par de cosas bien. No todo fue terror y sufrimiento. Primero, decidí dar el discurso y no cancelé (aunque por un momento lo pensé). Segundo, aunque sabía que mi discurso iba cuesta abajo, continué haciendo lo mejor que pude a medida que caía (casi, casi como caer con estilo). Tercero, descubrí que es mejor tener la idea central y la conclusión claras, porque el hilo conductor entre el principio y el final no se tuerce. Cuarto, sentí el temor de perder lo aprendido durante todos estos años y eso me llevó hasta aquí para plasmar en este papel digital mis elucubraciones cuasi seniles (quizás estas palabras me sirvan para retardar el desaprendizaje… si lo escribo, lo recuerdo…) Quinto, no es suficiente una práctica liviana. Hay que practicar con la intención de hacer el mejor trabajo y ser la claridad personificada. La práctica intencional es para que ese mensaje cale lo más hondo que pueda calar, que llegue lo más lejos que pueda llegar, para que beneficie a quien tenga que beneficiar.

Le conté toda esta historia a Sofía, que tanto retrasa las conclusiones de sus trabajos. Le hablé de las virtudes de hacer nuestras pasiones, pero también de aceptar realizar lo que no nos guste o lo que consideramos difícil. Si hiciéramos lo que deseamos todo el tiempo, no tendríamos la fuerza para abrir nuestras alas figurativas y volar. Aceptar que el mundo es calma y crisis y que es posible brincar de una a otra en ecuanimidad, es más efectivo que postergar para mañana o para el año que viene o para cuando me vaya a morir o para lo próximo que se me ocurra.

Y al final vislumbré que, así como las palabras que le dije a Sofi son para mí, el discurso, mi desempeño y su mensaje, también. Luego de tener un mal discurso es posible continuar con una vida normal, es posible ver lo que puedo mejorar, es posible sobrevivir la vergüenza. Siempre habrá una lección y algún día mis alas se fortalecerán y volaré. Aunque sea figurativamente.

En caso de que la extraña sea yo

Ayer terminé de leer Talking to Strangers, el libro más reciente de uno de mis ensayistas favoritos, Malcolm Gladwell. Confieso que me dejó un sinsabor y una tristeza que aun cargo. Hoy ha sido más difícil superarlos.

He leído varios de sus libros y me fascina la manera en que describe sus ideas. Su proceso mental, que no puedo ver, se me parece al mío- a falta de visión, comparo. Pero sus explicaciones,  posteriores a su proceso mental, son diáfanas y ahí es que difiero de él. Varias veces me han dicho que no hace sentido lo que digo. Hace sentido para mí, pero no logro comunicar efectivamente cómo ato unas ideas con otras; cómo se me ocurren; cómo descubro. Gladwell no sólo es fascinante, es también sencillo en su expresión, aunque no simple. Sus libros son éxitos de ventas, porque su estilo claro alcanza a muchas personas.

Entre éste y sus libros anteriores, encontré que Talking to Strangers es más cohesivo. El final no es sorprendente. Desde el inicio nos enteramos que termina con la misma historia con la que comienza: el arresto de Sandra Bland por un policía de Kansas- Sandra se suicidó tres días después en la celda que ocupó. Como extraños, se relacionaron de una manera que tuvo resultados fatídicos. Gladwell se pregunta cómo es posible que esto ocurra, que nos relacionemos de una manera tan burda a pesar de haber avanzado tanto en otros aspectos. Mantiene esa pregunta como norte y la contesta poco a poco, en cada uno de los capítulos del libro, con una investigación amplia y abarcadora. ¡Hasta con relatos de espías! Incluye historias interesantes que ejemplifican los estudios científicos que descubre en el camino.

Mi sinsabor proviene de dos avenidas diferentes. Primero, de haber terminado un libro que me hizo reflexionar en cada sección: qué estoy haciendo en mis relaciones, porqué permito unas situaciones, de qué manera escucho y actúo. Segundo, aunque tiene valor hacer estas indagaciones de lo que atisbo fuera de mí y cómo reacciono, me pregunto qué ocurre cuando la extraña con la que me relaciono soy yo… Da tristeza acabar un libro que logra hacerme recapacitar sobre mi exterior y mi interior; sobre mis reacciones y mis resultados. Me parece que lo leeré de nuevo. Solo espero terminar en una nota libre de sinsabor.

Me puedo quebrantar y levantar

El sábado 7 de septiembre de 2019, asistí al performance de Daniel Habif, quien se presentó por primera vez en Puerto Rico. Fueron tres horas de fuego, pasión y enamoramiento: ¡Quiero ser como él cuando sea grande!, pensé. Y me di cuenta de que soy más grande que él en edad y en cuerpo. Gracias a sus palabras me detuve y reflexioné: ¿Para qué compararme con él?

Primero, que no soy de su mismo género, aunque tenga una energía masculina marcada. (Eso sí, estoy ampliando mis límites de femineidad: me pinto las uñas de rosa, me dejo el cabello cada vez más largo, me afeito todas las zonas evidentes o no. ¡A veces uso faldas y vestidos!

Segundo, él tiene millones de seguidores. Mi fanaticada está mayormente en los círculos de Toastmasters en Puerto Rico, alguna en Facebook, y mucha en mi familia. Esa base es pequeña, aunque podría ampliarla si me decidiera a salir más, a escribir más, a hablar más (como si fuera posible).

Tercero, no tengo una carrera notable en la farándula. Aunque me hubiera gustado ser cantante. Si hubiera tenido las ganas verdaderas, me hubiera dedicado a cantar y a hacer llorar con canciones cortavenas y rompecorazones.

Mientras más lo pienso, más agradezco haber estado presente en el Coliseo esa noche. Comprendí el valor de la tenacidad; el de reconocer que fallamos y nos podemos levantar; el poder de reírme de mí y comprender lo cobarde que soy. Pero para hacer frente a esos bufones que se escuchan dentro de mi cabeza, un buen modelo de tenacidad y gozo es Daniel Habif. Es fácil escucharlo por tres horas. Pero hablar por tres horas en un escenario distinto cada dos o tres noches, eso es perseverancia, trabajo duro, ejemplo de vida. No tengo porqué compararme, pero puedo admirar sus ganas. ¡A ver si se me pegan un poco!

La abogada que escribe poesía

En 1994, me gradué de leyes de la Facultad de Derecho de la Universidad Interamericana de Puerto Rico. En septiembre del mismo año tomé la reválida por primera vez. Par de meses después, acudí al Muro de los Lamentos del Tribunal Supremo a descubrir que me había colgado, como tantos otros graduados. Entre 1995 y 2002, asistí cinco veces más a la reválida y visité cinco veces más el Muro con los mismos resultados de la primera vez. Aunque debo aclarar que en marzo de 1995 tomé únicamente la reválida notarial, ¡y la pasé! Pero, al final, el resultado igual. No pude ejercer la notaría, porque nunca pasé la reválida general.

La ironía de todo esto: desde 1994, hasta el presente me he dedicado a trabajos que me han permitido desarrollar mis conocimientos de leyes gracias a mi grado de juris doctor. Y es una ironía, porque sé de otros graduados que pasaron la reválida para luego perseguir otras carreras, porque la de abogacía no les llenaba. Yo, en vez de perseguir otra carrera, me mantuve en la misma. Y mientras escribo, me cuestiono de dónde salió la persistencia y tenacidad para tomar tantas veces la reválida, para mantenerme en una profesión que no puedo ejercer a cabalidad, para continuar día tras día. Quizás por el beneficio de verle los huevos al perro es que puedo ver la persistencia que he demostrado por todos estos años y es la primera vez que lo veo así.

¡Por tanto tiempo me sentí inepta e incapaz! La reválida fue una tortura, tanto estudiar para ella, como estar tres días en sus garras. Recuerdo una vez que llegué al lugar donde la ofrecían y me di media vuelta en la entrada. No me senté para no gastar uno de los intentos. Total, tortura igual.

Los desaciertos y las colgadas me hicieron un hueco en el corazón que con el pasar del tiempo sanó y cerró. Quizás con más tiempo del que debería haber gastado… Sin embargo, esta experiencia tan total y tan frustrante, me ha hecho estar donde estoy. Me ha dado herramientas para ser tenaz. Me ha permitido ayudar a tantas personas que es más mi agradecimiento por dicho fracaso que la frustración de no haber pasado.

Ahora, si tan solo fuera tan tenaz y persistente para dedicar más tiempo a la escritura, tendría un caudal impresionante de poemas eróticos, ensayos de protesta y novelas con finales no felices…

La mujer que muestra

Mi profesora de escritura creativa, al evaluar uno de mis escritos, me pidió que mostrara y no dijera (show, don’t tell). Llevo años sin entender esa expresión. Quizás la entiendo por unos segundos, pero nunca se me queda en la memoria como para sostener una conversación de su propósito y utilización.

Esa misma tarde, almorcé con mi hija Sofía y le expliqué mi dilema. Me contestó: –Mami, si el personaje está triste no lo digas. Describe cómo es que está triste.

¡Bum! Y lo entendí.

No es lo mismo “Eugenio, triste, se fue de la sala.” que “Cabizbajo, Eugenio sonrió de medio lado y con pasos lentos se retiró de la sala.”

Llevo tiempo escribiendo, más recientemente poesía, y ahora es que lo comprendo. Ratifico la sabiduría de Sofía. Recuerdo su delicadeza al explicarme, como para que no me sintiera mal por ser levemente obtusa. Sus ojos iluminados cuando dije “entendí”. Fue mi maestra, como tantas otras veces.

Mis hijos me han llenado de un amor que no pensé que sentiría. Y ahora de adultos a veces no puedo creer que hayan nacido de mí. Que sean mis maestros me llena de gozo indescriptible. Días tan sombríos como estos, se disipan al recordar lo que mis hijos aportan a mi vida. Sí, ya sé que no hay que tenerlos para sentirme realizada. Pero cuando ya tienes hijos, es mejor disfrutarlos y aprender de sus intervenciones en tu vida.

Algún día ya no estarán. Algún día ya no estaré. Pero sonreiré, franca y abiertamente, levantaré el mentón y caminaré hacia mi grandeza de la mano de los recuerdos de mis maestros, Chris y Sofi.

Si no estoy en relación es porque no me toca estar en relación

Hace tiempo leí que una relación de pareja exitosa contiene tres elementos: filia, eros y ágape. Filia es el amor fraternal, entre iguales, entre amigos. Eros es el amor erótico, sexual, pasional, corporal. Ágape el amor total, espiritual y más elevado. Una relación duradera puede contenerlos todos o, poco a poco, desarrollarlos. Si solo tiene eros, no hay complicidad ni amistad ni intención de desarrollar profundidad. Si solo tiene filia, eros sufre, aunque podría llegarse a ágape. Dos personas que se aprecien como amigos, se deseen como amantes y se amen a nivel de almas, ¡acho ni Adán y Eva!

Contemplo mi relación con el padre de mis hijos. Había eros, algo de filia, nada de ágape. Con el tiempo perdimos la poca filia que teníamos; eros no sé a dónde fue a parar y el ágape jamás floreció. Al menos, no mientras estuvimos casados. Ahora siento que estoy cerca de sentir ágape en el espacio de nuestro divorcio. No sé si hacia mi ex o si hacia el divorcio, que es tremenda herramienta de transformación.

Hace más de 10 años que me divorcié, felizmente. La vista de divorcio fue algo incómoda, pero breve. Como el pinchazo de una aguja cuando te sacan sangre. Durante este tiempo mantuve mi familia, mi hogar y mi misma. Me independicé. Siempre apoyada por mis padres y mis herman@s; siempre apoyada por la vida. Comprendiendo que todo es cambio y que todo pasa. Descubriendo que la independencia quizás es una aberración, porque es interdependencia lo que he vivido. Y también que cada vez me maravilla más lo poco que sé de la vida y de la gente.

Lo que me lleva a reevaluar por enésima vez para qué estar desemparejada:

Primero: la gente piensa que es fácil convivir con ellos y son los otros los difíciles. A pesar de que soy un 4 de julio, estoy consciente de que es un reto convivir conmigo. Hasta yo me canso…

Segundo: la última relación de semipareja que tuve fue con un hombre que es hijo del maltrato. Yo soy altamente influenciable y digo sí a (casi) todo. ¡Eso a los hombres acostumbrados a los malos tratos no les gusta! Prefieren un “NO”, como dice Arjona.

Tercero: cada vez que recuerdo que no tengo que rendirle cuentas a una pareja, siento un gozo sublime que se aloja en mi corazón y me hace reír sin razón. Ahora mismo sonrío al sentir ese gozo que describo.

A aquellos y aquellas que están felizmente emparejadas, las felicito y las invito a contemplar si tienen filia, eros y ágape. Estamos en este mundo para aprender de nuestras relaciones. Yo, mientras tanto, continuaré desarrollando esos tres amores con misma, porque estoy en este mundo para aprender de todas mis relaciones.

Es justa y necesaria la corrección para llevarnos al Nirvana

Tengo un bachillerato en Estudios hispánicos que es una manera altanera de decir que me gradué de la universidad con un bachillerato en español. De niña me encantaba corregir a la gente que hablaba mal el español (para de demostrar “yo sé, yo sé”) y el bachillerato me dio la legitimación necesaria para continuar corrigiendo a otros. Esa manía me trajo algunos problemillas.

Hoy día ya no corrijo (tanto) a mis amigas ni a extraños. Reconozco que cada cual tiene derecho a meter las patas y en la manera que prefieran. Sin embargo, me dedico a confeccionar mensajes y discursos que vayan al grano, que sean correctos y que lleven un mensaje tan diáfano como sea posible. Y sí, a veces cometo errores, pero me levanto me sacudo y continuo en la contienda.

Diseñar y confeccionar un mensaje claro requiere un compromiso mayor de tu cerebro y de tus habilidades. El bombardeo constante de información y sus distracciones nos obliga a crear mensajes con menos palabras para que lleguen directo a la yugular. Eso requiere cierto esfuerzo mental que a la larga nos apoyará a ahuyentar la enfermedad de Alzhéimer.  

Hay superposiciones generacionales en los lugares de vida, trabajo y ocio que nos obligan a ser diversos en nuestras comunicaciones. A mi generación le encanta la corrección en el lenguaje – aunque a veces no lo parezca. Los millenials y más jóvenes prefieren el contenido. Si escribimos un mensaje breve, correcto y valioso apelaremos a más generaciones y será mayor la audiencia que se beneficiará.

Otra razón en defensa de la corrección: nuestras palabras quedan grabadas en la Gran Red de Todas-las-cosas. (Y no le creas mucho a los que te digan “dale delete y no te apures”…). Yo prefiero dejar un mensaje bien escrito para la posteridad que uno cundío de horrores.

La gran ironía es que escribir bien es un ejercicio egoísta que puede impactar a otras personas. Cuando un contenido tiene varios errores hay cerebros que se enganchan en los errores ortográficos o gramaticales y obvian el mensaje. Si el mensaje es lo más significativo y lo que deseas que viaje más lejos, hace sentido escribirlo bien.

Ninguna de estas sugerencias garantizará que el público me entienda. La interpretación quedará a su discreción. Sí me puedo esforzar en que mi aportación al vasto mundo de las letras sea el mejor trabajo que pueda crear, aunque ya no tenga la certeza infantil de que “yo sé, yo sé”.

¡Qué difícil es hablar de Papi!

Cuando pienso en papi lo veo descansando en su butaca. Recuerdo que siempre estaba cansado, porque trabajaba lejos y se tenía que levantar temprano para viajar al trabajo. Todos los días. Estaba lejos y no nos atendía. No sabía yo que iba tan lejos para demostrarnos su amor.

Hace poco escuché a Esther Perel, conferenciante especialista en relaciones humanas, exponer que en esta época es cuando los padres han dedicado más tiempo a sus hijas e hijos que en cualquier otra época de la historia. Y esa dedicación va en aumento. Esto demuestra que las mujeres no somos las únicas que hemos evolucionado… Generaciones anteriores han reclamado que desean que sus padres sean parte activa en sus vidas. Hoy día los padres no son sólo proveedores del pan en la mesa, sino que proveen aventuras y experiencias que apoyan a vivir plenamente.

Escribir sobre Papi me obliga a repensar mi relación con él, me obliga a cambiar la perspectiva con la que lo veía de niña. Para mí era un hombre excepcional y amoroso; odioso cuando me regañaba; valiente y protector siempre. Me sentía segura en su abrazo, con su cercanía. Quizás por eso no me gustaba cuando iba lejos, me sentía desprotegida. Era intelectual, ávido lector y fanático de la música. Podía preguntarle lo que fuera y él lo sabía. Podía hablarle de lo que quisiera y no me enjuiciaba. Hasta que me enamoré y preferí dejar de contarle, para llevar la fiesta en paz.

Papi sigue siendo un hombre excepcional, un ser humano amoroso, valeroso y espiritual. Los retos regulares de los seres humanos de este planeta los enfrenta con humor a veces o con victimismo otras. Nunca estuvo lejos, porque siempre nos tuvo en su corazón. Su familia es su existencia. De todo lo que he aprendido de él mi lección favorita es que toda experiencia, buena o mala, es aprendizaje y me da información. Él es una de mis mejores experiencias en este mundo. ¡Ah! y una vez le pregunté –Papi, si tuviéramos chavos, ¿cómo yo sería? Me contestó –Serías tan chulita como ahora. ¡Nada como las palabras amorosas de mi papá para levantarme el amor propio!

Otra buena lección que me imparte todos los días es que proteste, que no me quede callada, que hable. Como sé que él protestará cuando lea esta entrada de mi blog y se defenderá y comentará. Pero me amará, porque comprenderá, una vez más, que soy hija de mi padre.

¡Feliz día de los padres!

Sublévate y no creas en el “evangelio”

¿Has escuchado el rumor de que Tommy Hilfiger no diseñó su ropa para negros ni judíos ni latinos y que prefería que ellos no la compraran? Mi amiga Charo leyó el notición en Facebook como si fuera el Evangelio. Llegamos a la conclusión de que era tan exagerado lo que decía el artículo que tenía que ser embuste.

Me senté a hacer una pequeña búsqueda en YouTube. Escribí “Oprah and Hilfiger”. Ta dá. Descubrí una entrevista que Oprah le realizó a Hilfiger a raíz de ese rumor. Era la primera vez que se conocían y hablaron de lo que Oprah denomina como el BFL (Big Fat Lie). Para el momento de la entrevista, el chisme llevaba 10 años circulando. Súmale los 5 años que tenía el video y el rumor lleva al menos 15 años rondando. ¿Crees que todo lo que se publica en internet es válido y valioso?

La rapidez con la que se publican noticias hoy día es espantosa. La manera en que todos nos enteramos de lo que está pasando mundialmente hace muy difícil que podamos escondernos a hacer pocas vergüenzas. En ninguna época se ha visto tanta velocidad informativa.

La contraparte de este legado de apertura es que casi TOOOODO viaja a la misma velocidad, hasta las mentiras. Y no solo la velocidad. Es la permanencia de lo que se publica en las redes lo que me sorprende. Pero más me fascina cómo la gente cree sin cuestionar. Claro, usar las redes para desmentir  algo que fue publicado en las redes es como una anormalidad, pero eso lo hace conveniente: verdad y mentira habitando el mismo espacio.

Yo, que en estos días estaba considerando que el silencio es una herramienta muy valiosa para vivir en harmonía, pensé que en un caso donde se propaga la mentira es mejor intervenir y objetarla. Denunciar una noticia falsa o un anuncio engañoso me parece más prudente. Cuestionar me parece que enriquece. Curiosear me parece que apoya a que un ser humano se transforme en un ser superior. (¡Todos sabemos que en mujer!).

Para parafrasear a Don Miguel Ruiz en su libro El quinto acuerdo: no creas nada porque alguien te lo dice, averigua primero. Esto aplica a todo, hasta a lo que yo te diga que me parece conveniente o ético o mejor. Las opiniones son solo palabras y si nosotros las creemos nos volveremos conformes. Experimentar, dudar y cuestionar nos llevarán a crecer, cambiar y sublevar para no aceptar las noticias verdaderas o falaces porque sí. En un mundo donde hay tanta información es trascendental hacer las preguntas adecuadas para poder salir de la ingenuidad de creerlo todo sin vacilar.