Agradecer empodera

Una de las asistentes legales que trabaja en mi oficina tomó el examen de reválida de abogacía en septiembre pasado. Durante estos meses ha estado con subidas deslumbrantes y bajadas caóticas, todas dentro de su mente, mientras esperaba los resultados. Por fin ayer salieron. Aprobó. Luego de tanto trabajo tiene una razón más para dar gracias.

Una de mis hermanas, la de California, decidió venir a Puerto Rico de vacaciones con su familia. Hemos recorrido sitios que usualmente visito sola. Hemos compartido historias. Hasta me dijo que desconocía que yo fuera tan conservadora. ¡Ja! ¡Obvio! Una razón para dar gracias por tener personas cercanas que no me permitan caer en la arrogancia de creer que mis opiniones son las mejores.

Hay momentos, días, en los que no me siento agradecida. No me huelen ni las azucenas, como decimos en Puerto Rico. Un abismo oscuro se abre en mi corazón y lo que hago es quejarme. Entonces, de pronto, se asoma una pequeña luz que me indica un mejor camino. Aparece algo que agradecer. Quizás algo pequeño, pero luminoso, que me obliga a regresar y dar gracias por el trayecto, por el proceso, por el prosaico día a día.

No sé si al morir me lleve mis experiencias. Quizás sea como reencarnar (que se olvida todo al nacer) y olvide todo al morir. Tal vez mis memorias solo sean útiles para la vida en que las vivo: ésta. Puede ser que moren en algún lugar desconocido. Al final quizás no importe. Lo que sí reconozco es que en este momento estoy en la presencia de agradecer lo que vivo y eso me empodera. 

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