Mis opiniones son hijas e hijos de la vida

Muchas veces quiero hablar o escribir de temas neutrales. No dar mi opinión abiertamente para no estrujar pétalos. Callar, guardar y escribir de unicornios y avestruces. Flores, cervezas y granos. Pero la voz interna me dice: ya entregaste un órgano de tu cuerpo al silencio descomunal, ¿quieres repetir ese proceso tan doloroso con tu hígado o con tu estómago? Tengo que admitir que no. Si me atemoriza hablar, más me aterra quedar flaca por extirpación.

La comunicación se da siempre, sin importar lo que escriba, calle o diga. Hay procesos sucediendo en cuerpo y mente en cualquiera de esas circunstancias que pueden provocar dolores y malos entendidos. Todo comienza por no mirarnos, por no ser honestos con mismos. En mi caso, callaba por no ofender –  todavía lo hago, pero en menor escala – y guardaba enojos que yo insistía no me afectaban. No me refiero a ser positiva todo el tiempo y hablar de cosas buenas para no pensar en malas – eso cada vez lo encuentro más estúpido. Me refiero a reconocer que el enojo existía dentro de mí, la tristeza, la depresión. ¡El autoengaño de que eso no existía y, si existía, no me afectaba!

Excesivamente frustrante. En esta etapa de mi vida me dedicaré con más dedicación dedicada a abrir esa caja de pandora etiquetada OPINIONES. Deja ver cómo me va.

Escojo rebajar por soltar opiniones y no por quedármelas.

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