Un cuento que quizás fue un sueño

Esta madrugada tuve un sueño peculiar y vívido. Uno de los personajes era un hombre que fue mi amante alguna vez y que se ha convertido en un personaje recurrente en mis sueños.

En el sueño se comunicó conmigo: “Quiero verte”- no sé si fue por texto o por celular. Accedí y llegué a un restaurante que él sugirió. El lugar tenía un patio interior recargado de plantas y mesas disímiles con sillas desiguales. Nada era parejo, pero sí acogedor. A pesar de lo ecléctico.

Me senté en una silla bajita en una mesa para seis u ocho. Él llegó luego, trajeado. Se quitó la chaqueta y la entregó a la mesera. Parecía dueño del lugar. Su rostro reflejaba tristeza o quizás el botox ha afectado su cara. No me saludó directamente y se sentó al otro extremo de la mesa, frente a mí. Sin embargo, no podía distinguirlo claramente. Podía ver su camisa blanca y su corbata negra, pero su cuello y cara parecían estar ocultos por alguna de las enredaderas que colgaba del techo.

Poco a poco llegaron más personas a la mesa, desconocidas para mí. Él ordenó la comida para todos. Había un aire de desasosiego alrededor, noticias alarmantes y luego se formó un leve caos. En su rostro se dibujaban el drama y el dolor de una víctima de algún crimen, pero yo ignoraba el motivo. Creo que quería verme para contarme, pero es solo especulación.

El caos que se formó respondía a una noticia de un virus que nos afectaba a todos y que nos volvía como zombis o tontos, pero violentos. De momento estábamos corriendo hacia una azotea. Una mujer me tomó del brazo y me dijo que yo tenía el virus. “Pero, ¿cómo lo sabes?”. “Por la fiebre”, contestó. Me quedé tal cual y obligué a mi cuerpo a no volverse violento. De los que ya mostraban síntomas, nadie se me acercaba porque sabían que yo sucumbiría en algún momento. Él a lo lejos me observaba y ya presentaba síntomas. Tenía su cabello como el de un personaje de animé, en varios colores como una caricatura, pero en su cuerpo humano. Siempre me observaba a la distancia y parecía que esperaba que me acercara yo. No recuerdo haber sentido angustia cuando la mujer me dijo que tenía el virus. Me recorrió un pensamiento de aceptación después de protestar el anuncio. Pero estuve todo el tiempo presente en mi cuerpo, forzándolo a no mostrar síntomas. Simplemente pretendía que mi cuerpo hiciera lo que yo le ordenaba. Y en medio del caos yo apenas me movía.

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