En octubre pasado decidí dejar de pintarme el pelo. Cansada del proceso, de las horas que le dedicaba y de sentirme descuidada cada dos semanas cuando se comenzaba a ver la raíz, fui negándome a caer en la tentación del verme-más-joven.
En diciembre, con la distancia entre el tinte y la raíz más evidente, fui al salón de belleza y le pedí a la estilista que me recortara lo más posible para eliminar la parte rojiza – que estaba más bella que recién pintada. Ese día salí del biuti con el peso del pelo fallecido. Me parecía que se me caía la cabeza.
En enero, para mi cumpleaños, qué alivio… qué libertad… entre diciembre 18 y enero 20 fui esmochándome yo misma las manchas que me quedaban, unos pedacitos de rojo que parecían destellos, pero que me molestaban por interrumpir el flou natural de cómo iba la cabellera.
Hoy me miré en el espejo y el cabello ¡brillocito! Sí, los primeros días me sentí vieja, lo admito. Me encantaba cómo me quedaba el color anterior que siempre era algún tono de rojo. Me sentía feliz con él. Pero nada se compara con sentirme aliviada y reluciente con mi pelo salt-and-pepper y blanco, porque no es lo uno ni lo otro. Es una mezcla de canas, marrón y un lunar blanco en el lado izquierdo, justo en la partidura. Me siento femenina y reconciliada con mi sabiduría – lista para entregarme a compartirla.
¿Cuáles son esas cargas insospechadas que pueden aliviarte si las sueltas? A veces no son ni tan “cargas” porque piensas que son parte de ti, que estás acostumbrada o que es imposible cambiar. Vives en la complacencia o en “las cosas son así”. Vamos, está bien llevarlas…
Sin embargo, somos seres impermanentes y el cambio es tan seguro como la muerte. Hacer un pequeño ajuste puede liberarnos de maneras insospechadas.
Mi viaje hacia la libertad se hizo más claro con la entrega del estatus de mi cabello. En cuanto a ti, ¿cuál será ese pequeño cambio que te provoque expansión y libertad?
