La virtualidad llegó para quedarse. Vivimos hoy el futuro del pasado con todas las maneras en las que podemos comunicarnos a pesar de las distancias.
Antes pensaban que no querríamos hablar con cámara, no íbamos a soportar mostrarnos sin afeites. Pero ya es normal que nos vean al ras, sin gota de maquillaje; ojerosas y despeinadas.
Hemos normalizado la normalidad al hablar por la cámara del celular o de Zoom tal y como estemos.
Pero estar en presencia todavía no tiene igual. La energía que se crea al hablar con un amante cuerpo a cuerpo, el toma y dame de las manos en la piel – o en los libros: no pueden replicarse virtualmente, todavía.
Bailar tango con un desconocido no se puede hacer a la distancia.
Abrazar a una hermana visitante. Apurar a un empleado con el manoteo. Probar una receta de la abuela. Son actividades presenciales que ocasionan respuestas que la virtualidad no duplica.
Recientemente aprendí que cuando un maestro enseña en la presencialidad comparte su energía a través del aliento de su palabra. Esa respiración reparte al cuerpo del estudiante lo que un maestro enseña, no solo a la mente.
Sí, la virtualidad se quedará y evolucionará. Pero también la presencialidad, que cada vez será más codiciada y apreciada por sus efectos y ganancias.
